La mañana había llegado con un silencio espeso, casi antinatural. Aquel tipo de quietud que no era paz, sino tensión contenida, como si la mansión entera aguardara el estallido de una tormenta inminente.
Ana Lucía bajó temprano a la cocina. Vestía con sobriedad, el cabello recogido en una trenza sencilla que dejaba al descubierto el cansancio que le ensombrecía el rostro. Se sentó con las chicas del servicio, quienes intentaban disimular las miradas de preocupación al verla tan callada.
—¿Segur