Capitulo 102

Las horas se habían deslizado sin aviso, consumidas por el peso del trabajo y el ritmo incesante de la jornada. Cuando el reloj marcó el final del día, Ana Lucía apagó su computadora, estiró ligeramente los hombros y caminó por el pasillo silencioso en dirección a la oficina de Maximiliano.

Golpeó suavemente la puerta entreabierta y asomó el rostro.

—He terminado mi trabajo… y falta poco para pasar por Emma —dijo con una sonrisa tenue.

Maximiliano levantó la mirada de su escritorio, sus ojos s
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