Las horas se habían deslizado sin aviso, consumidas por el peso del trabajo y el ritmo incesante de la jornada. Cuando el reloj marcó el final del día, Ana Lucía apagó su computadora, estiró ligeramente los hombros y caminó por el pasillo silencioso en dirección a la oficina de Maximiliano.
Golpeó suavemente la puerta entreabierta y asomó el rostro.
—He terminado mi trabajo… y falta poco para pasar por Emma —dijo con una sonrisa tenue.
Maximiliano levantó la mirada de su escritorio, sus ojos s