Ciento ochenta años después de aquella noche legendaria.
El Valle de la Manzana se había convertido en un ecosistema vivo y sagrado. Los árboles dorados formaban bosques interminables que brillaban suavemente bajo la luna, y sus frutos se consideraban un regalo ancestral. El Santuario ya no era solo un lugar de memoria, sino el corazón de una civilización que había aprendido a vivir sin cadenas.
Lira XVI, de veintiséis años, caminaba descalza por el sendero principal del bosque más antiguo. Su