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El Árbol que Recuerda"

Ciento ochenta años después de aquella noche legendaria.

El Valle de la Manzana se había convertido en un ecosistema vivo y sagrado. Los árboles dorados formaban bosques interminables que brillaban suavemente bajo la luna, y sus frutos se consideraban un regalo ancestral. El Santuario ya no era solo un lugar de memoria, sino el corazón de una civilización que había aprendido a vivir sin cadenas.

Lira XVI, de veintiséis años, caminaba descalza por el sendero principal del bosque más antiguo. Su cabello negro caía en ondas salvajes hasta la cintura, y sus ojos tenían ese brillo plateado-dorado que definía a la familia. A su lado caminaba su hermano menor, Voss III, de veinticuatro años, quien llevaba el nombre con la misma intensidad calculadora de su tatarabuelo.

—Hoy es el día —dijo Lira XVI—. Ciento ochenta años. Vamos a plantar el Árbol Madre en el centro del valle.

Voss III asintió, cargando una semilla dorada más grande que las anteriores.

—Los abuelos estarían orgullosos.

Por la tarde, miles de personas se reunieron en el claro central. Lira XVI subió al pequeño escenario natural con la semilla en las manos. Su voz resonó clara y poderosa:

—Hace ciento ochenta años, una mujer entró completamente desnuda en la torre más alta del mundo. No tenía nombre, no tenía poder, solo tenía una manzana y una voluntad indomable. Esa mujer era mi tatarabuela Lira Sol. Hoy, plantamos el Árbol Madre. No para recordar el pasado, sino para que el futuro tenga raíces profundas.

Plantó la semilla en el centro del claro. La tierra brilló con una luz dorada intensa y un brote surgió inmediatamente, creciendo a una velocidad visible.

La multitud aplaudió con emoción.

Esa noche, la familia se reunió en la casa principal. Cuatro generaciones completas estaban presentes. La mesa rebosaba de comida, vino y manzanas doradas. Las risas y las historias llenaban el aire.

Lira XVI se levantó al final de la cena y miró a todos con emoción.

—Quiero proponer algo nuevo. Quiero que creemos “La Red de Manzanas”. Una red global donde cada comunidad plante su propio árbol dorado y comparta su historia. Que el legado no sea solo nuestro, sino de todos los que elijan ser indomables.

La propuesta fue recibida con aplausos y lágrimas.

Más tarde, Lira XVI y su pareja, Elias, se escaparon al viejo roble. Se desnudaron bajo la luz de la luna y se amaron con la pasión heredada. Elias la tomó contra el tronco del árbol, penetrándola con fuerza mientras Lira XVI gemía su nombre, aferrándose a él. Sus cuerpos se movieron con el mismo fuego que había definido a su familia durante más de un siglo.

Cuando terminaron, se quedaron abrazados sobre la hierba.

—Quiero que nuestro hijo nazca aquí —susurró Lira XVI.

—Nacerá aquí —respondió Elias—. Rodeado del mejor legado posible.

En el plano eterno, Lira Sol y Kael Voss observaban la escena con paz profunda.

—Nuestra tataranieta ya camina con sus propios pasos —dijo Lira con una sonrisa serena.

Kael la abrazó por detrás y besó su cuello.

—Ese era el objetivo desde el principio. Que nuestra llama no se apagara, sino que se convirtiera en miles de llamas.

Se besaron una vez más, eternos y radiantes, mientras veían cómo su familia continuaba escribiendo su propia historia.

Al amanecer, Lira XVI encontró una nueva manzana dorada sobre su escritorio. Junto a ella, una nota luminosa que brilló por última vez:

“Ciento ochenta años después…

y el fuego sigue ardiendo más fuerte que nunca.

Sigan amando sin miedo.

Sigan rompiendo esquemas.

Sigan siendo indomables.

Estamos inmensamente orgullosos de todos vosotros.

Siempre con vosotros.

— L & K”

Lira XVI tomó la manzana, le dio un mordisco grande y sonrió al viento con lágrimas en los ojos.

—Gracias, abuelos. Lo seguiremos haciendo. Por siempre.

Y así, la historia del CEO y la Indomable continuó escribiéndose, generación tras generación, como una llama eterna que nunca se apagaría.

Lira XIII se quedó un largo rato bajo el viejo roble después de plantar la semilla dorada. El viento movía las hojas con suavidad, como si el árbol mismo estuviera respirando. Nova III se acercó en silencio y se sentó a su lado, apoyando la cabeza en su hombro.

—Madre, ¿alguna vez tienes miedo de no estar a la altura del legado? —preguntó la joven.

Lira XIII sonrió y acarició el cabello de su hija.

—Todos los días. Pero entonces recuerdo que tus tatarabuelos tampoco estaban “a la altura”. Kael era un hombre roto por el poder. Lira era un arma que nadie podía controlar. No eran perfectos. Eran imperfectos juntos. Y eso fue suficiente.

Nova III mordió una manzana dorada que había recogido del suelo.

—Quiero viajar —dijo de repente—. Quiero ver otros planos. Quiero entender qué hay más allá de las grietas que sellaron.

Lira XIII la miró con una mezcla de orgullo y preocupación.

—Entonces ve. Pero lleva siempre una manzana contigo. Y recuerda: la verdadera libertad no es huir de todo, sino elegir qué vale la pena llevar contigo.

Esa noche, la familia se reunió en la casa principal para la celebración anual. Cuatro generaciones completas estaban presentes. La mesa estaba llena de comida, vino y manzanas doradas. Las risas y las historias llenaban el aire.

Lira XIII se levantó al final de la cena y miró a todos con emoción.

—Hoy quiero proponer algo nuevo. Quiero que creemos “La Casa Abierta”. Un lugar donde cualquiera que se sienta atrapado por sistemas, normas o miedos pueda venir a quedarse un tiempo, aprender a ser indomable y luego seguir su camino.

La propuesta fue recibida con aplausos y entusiasmo. Su hija Nova III fue la primera en levantarse.

—Yo quiero ser la primera residente.

La noche avanzó entre anécdotas y risas. Lira XIII y su pareja, Zarek, se escaparon al viejo roble. Se desnudaron bajo la luz de la luna y se amaron con la pasión madura que da el tiempo. Zarek la tomó contra el tronco del árbol, penetrándola con fuerza mientras Lira XIII gemía su nombre, aferrándose a él como si fuera su ancla en medio de la tormenta del legado.

Cuando terminaron, se quedaron abrazados sobre la hierba.

—Quiero que nuestro próximo hijo nazca aquí —susurró Lira XIII.

—Nacerá aquí —respondió Zarek—. Rodeado del mejor legado posible.

En el plano eterno, Lira Sol y Kael Voss observaban la escena con paz profunda.

—Nuestra bisnieta ya camina con sus propios pasos —dijo Lira con una sonrisa serena.

Kael la abrazó por detrás y besó su cuello.

—Ese era el objetivo desde el principio. Que nuestra llama no se apagara, sino que se convirtiera en miles de llamas.

Se besaron una vez más, eternos y radiantes, mientras veían cómo su familia continuaba escribiendo su propia historia.

Al amanecer, Lira XIII encontró una nueva manzana dorada sobre su escritorio. Junto a ella, una nota luminosa que brilló por última vez:

“Ciento cincuenta y cinco años después…

y el fuego sigue ardiendo más fuerte que nunca.

Sigan amando sin miedo.

Sigan rompiendo esquemas.

Sigan siendo indomables.

Estamos inmensamente orgullosos de todos vosotros.

Siempre con vosotros.

— L & K”

Lira XIII tomó la manzana, le dio un mordisco grande y sonrió al viento con lágrimas en los ojos.

—Gracias, abuelos. Lo seguiremos haciendo. Por siempre.

Y así, la historia del CEO y la Indomable continuó escribiéndose, generación tras generación, como una llama eterna que nunca se apagaría.

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