Ciento ochenta y cinco años después de aquella noche legendaria.
El Valle de la Manzana ya no era un bosque. Era un continente vivo, un pulmón dorado que respiraba con el ritmo del mundo. Los árboles ancestrales se extendían hasta el horizonte, y sus frutos dorados se distribuían como un acto de comunión global. La gente venía a caminar entre ellos para recordar, para sanar y para encontrar el coraje de ser libres.
Lira XVI, de treinta y un años, caminaba descalza por el sendero central del bos