Cuatrocientos ochenta años después de aquella noche que lo cambió todo.
La Estación Orbital Dorada se había convertido en una metrópolis flotante, el principal puerto interestelar de la humanidad. Los árboles dorados crecían en enormes invernaderos que giraban alrededor de la estación, sus frutos se distribuían por todo el sistema solar y las primeras sondas con semillas ya viajaban hacia sistemas lejanos. El legado era ahora parte de la identidad humana en el cosmos.
Lira XXXIX, de treinta