Cuatrocientos noventa años después de aquella noche que lo cambió todo.
La Estación Orbital Dorada ya era solo una de las muchas joyas de una red interestelar en expansión. Los árboles dorados crecían en colonias marcianas, en lunas de Júpiter y en las primeras bases permanentes en Próxima Centauri b. El legado había trascendido el sistema solar y se convertía en parte de la identidad humana como especie interestelar.
Lira XXXIX, de treinta y dos años, flotaba en el Observatorio Central de la N