Mundo ficciónIniciar sesiónHace cinco años, Elara Grey se divorció del poderoso CEO Lucien Ravaryn y desapareció de su vida sin decirle la verdad: estaba embarazada de sus gemelos. Ahora ha regresado convertida en una mujer independiente, exitosa y decidida a no volver a cometer el mismo error. Pero cuando Lucien se encuentra con dos niños que tienen sus mismos ojos, sus mismas manías y una edad demasiado sospechosa, comprende que Elara le ocultó mucho más que un corazón roto. Mientras las mentiras que destruyeron su matrimonio empiezan a salir a la luz, Lucien descubre que también perdió cinco años junto a los hijos que nunca supo que tenía. El problema es que Elara solo permanecerá en la ciudad durante noventa días. Lucien está dispuesto a recuperar a su familia, pero Elara ya no es la secretaria enamorada que una vez confió ciegamente en él. Él la dejó ir una vez. Ahora tendrá noventa días para demostrar que merece volver a entrar en su vida.
Leer más—Mamá… ¿ese hombre es mi papá?
Elara Grey dejó de caminar.
Durante un segundo, el ruido del aeropuerto desapareció.
Las ruedas de las maletas. Las voces por los altavoces. El murmullo de cientos de pasajeros.
Todo.
Solo quedó la voz de su hijo.
Y aquella pregunta.
—¿Qué dijiste? —preguntó, aunque la había escuchado perfectamente.
Leo señaló la enorme pantalla publicitaria frente a ellos.
Elara siguió la dirección de su dedo.
Y sintió que algo dentro de su pecho se rompía.
RAVARYN GLOBAL.
Debajo del logotipo aparecía el rostro de Lucien Ravaryn.
Traje negro. Corbata oscura. Mandíbula firme. Cabello perfectamente peinado. La misma mirada fría capaz de hacer callar una sala entera sin levantar la voz.
LUCIEN RAVARYN
CEO & PRESIDENT.
Cinco años.
Habían pasado casi cinco años desde la última vez que Elara había visto aquel rostro.
Cinco años desde que salió de esa ciudad con una maleta, un divorcio firmado y dos pequeños corazones latiendo dentro de su vientre.
Cinco años aprendiendo a respirar sin él.
Y ahora su hijo estaba señalando su fotografía.
—Leo —dijo con demasiada rapidez—. No digas tonterías.
El niño frunció el ceño.
Ese gesto.
Dios.
Era exactamente igual.
—No es una tontería.
Lia se acercó al cristal de la pantalla.
—Es guapo.
—Lia.
—¿Qué? Solo dije que es guapo.
Leo ignoró a su hermana. Miraba la fotografía con una concentración que a Elara le resultaba aterradoramente familiar.
—Tiene mis ojos.
Elara sintió que la garganta se le cerraba.
—Mucha gente tiene ojos oscuros.
—También mi pelo.
—Tienes mi pelo.
Leo la miró.
—El tuyo es liso.
Maldición.
Lia levantó el rostro hacia la pantalla y luego miró a su hermano.
—También levanta la ceja como tú.
Elara apretó con fuerza el asa de su bolso.
No.
No allí.
No el primer día.
Había sobrevivido cinco años sin que Lucien supiera que Leo y Lia existían.
No iba a perder el control a los diez minutos de regresar.
—Vamos —ordenó.
Tomó la mano de Lia.
Cuando intentó tomar la de Leo, el niño no se movió.
—Mamá.
—Leo, ahora.
—¿Lo conoces?
Elara sintió el golpe de la pregunta mucho más fuerte de lo que debería.
Miró nuevamente la fotografía.
Por un instante no vio al poderoso CEO que aparecía en revistas financieras.
Vio al hombre que la había besado en una oficina vacía después de medianoche.
Al hombre que había puesto un anillo en su dedo y le había pedido que lo mantuviera oculto.
Al marido que nadie sabía que tenía.
Y después vio una hoja blanca sobre una mesa.
DIVORCIO.
El recuerdo le atravesó el pecho.
—No —mintió.
Leo entrecerró los ojos.
—Dejaste de respirar cuando lo viste.
Elara lo miró.
Cuatro años.
Casi cinco.
Y ya analizaba a las personas como si fueran balances financieros.
Otra cosa que había heredado de su padre.
—Estoy cansada. Hemos volado once horas.
—Eso no responde mi pregunta.
—Leo.
Lia tiró suavemente de la manga de Elara.
—Mamá está haciendo esa cara.
—¿Qué cara? —preguntó Leo.
—La de “no preguntes más o me voy a enfadar”.
Por alguna razón absurda, Elara estuvo a punto de reír.
En lugar de hacerlo, se agachó frente a ambos.
—Escúchenme. Hemos venido por mi trabajo. Solo estaremos aquí noventa días. Quiero que esos noventa días sean tranquilos. ¿De acuerdo?
Lia asintió inmediatamente.
Leo no.
Sus ojos regresaron a la pantalla.
—Entonces, ¿por qué ese señor se parece tanto a mí?
El corazón de Elara golpeó contra sus costillas.
Una vez.
Dos.
Tres.
—Coincidencia.
Leo levantó la ceja izquierda.
Exactamente como Lucien.
—Son muchas coincidencias.
Elara se incorporó antes de que su expresión pudiera traicionarla.
—Vamos.
Esta vez Leo obedeció.
Pero mientras avanzaban hacia la salida privada, Elara comprendió algo que no había querido admitir durante todo el vuelo.
Regresar había sido un error.
El coche de Lunaris Capital los esperaba fuera del aeropuerto.
Elara acomodó a los gemelos en los asientos traseros y cerró la puerta.
Solo entonces se permitió respirar.
—¿Nuestro apartamento tiene piscina? —preguntó Lia.
—No.
—¿Por qué?
—Porque vinimos a trabajar, no de vacaciones.
—Tú viniste a trabajar. Nosotros no.
Elara la miró.
—Buen punto.
Leo permanecía en silencio junto a la ventana.
Eso era peor.
Cuando Lia estaba inquieta, hablaba.
Cuando Leo estaba inquieto, pensaba.
Y cuando pensaba demasiado, encontraba respuestas que Elara no estaba preparada para darle.
Su teléfono vibró.
MARCUS: El coche llegó, ¿verdad? Reunión mañana, 9:00. Descansa.
Elara escribió:
ELARA: Ya estamos camino al apartamento.
Otro mensaje apareció casi inmediatamente.
MARCUS: Hay un cambio en la reunión de mañana.
Elara sintió una mala sensación.
ELARA: ¿Qué cambio?
Los tres puntos aparecieron.
Desaparecieron.
Volvieron a aparecer.
MARCUS: Lucien Ravaryn asistirá personalmente.
Elara se quedó inmóvil.
Leyó el nombre una vez.
Luego otra.
Como si las letras fueran a cambiar.
No lo hicieron.
LUCIEN RAVARYN.
El hombre de la pantalla.
Su exmarido.
El padre de los dos niños sentados a menos de un metro de ella.
Elara llamó a Marcus.
Respondió enseguida.
—Antes de que empieces—
—Cambia al representante.
—Elara.
—Manda a Andrew. O a Christine. Me da igual.
—No puedo.
—Entonces cancela la reunión.
—Tampoco puedo.
Elara miró a sus hijos y bajó la voz.
—Marcus, te dije que había una persona en esta ciudad con la que no quería cruzarme.
—Lo sé.
—Pues acabas de ponerme en una sala de juntas con él.
Hubo un silencio breve.
—No fui yo.
—¿Qué significa eso?
—Ravaryn Global recibió esta mañana la lista de nuestro equipo.
Elara sintió frío en los dedos.
—¿Y?
—Dos horas después, la oficina de Lucien solicitó que tú fueras personalmente la responsable de la negociación.
Elara dejó de respirar.
—¿Me pidió a mí?
—Por nombre.
El ruido de la ciudad se volvió lejano.
Lucien sabía que había regresado.
Peor.
Lucien quería verla.
—Cancela —repitió.
—Si cancelamos ahora, Lunaris puede perder la operación.
Elara cerró los ojos.
Aureon Technologies era la adquisición más importante del trimestre. Había trabajado seis meses en aquella operación. Había convencido al consejo, asegurado a los inversores y diseñado casi toda la estructura financiera.
No podía abandonar ahora.
No por Lucien.
Ya había perdido demasiado por él una vez.
—Son noventa días —dijo Marcus con cautela—. Después vuelves a Londres.
Noventa días.
La cifra había sonado manejable cuando aceptó el proyecto. Tres meses. Doce semanas. Un periodo limitado que podía controlar con reuniones, horarios y vuelos de regreso ya programados.
Ahora parecía una condena.
Elara miró a Leo.
Luego a Lia.
Había regresado a esa ciudad como Senior M&A Director de Lunaris Capital.
No como la asistente de veintidós años que temblaba cuando Lucien Ravaryn entraba en una habitación.
No como la esposa secreta que esperaba que él la eligiera.
Y definitivamente no como la mujer que había llorado mientras firmaba un divorcio.
Había construido una carrera. Una casa. Una vida.
Había criado sola a dos niños que nunca habían preguntado demasiado por su padre.
Hasta hoy.
—Bien —dijo.
—¿Bien?
—Haré la reunión.
Marcus exhaló.
—Sabía que—
—Pero si vuelves a ocultarme algo así, te entierro debajo del próximo balance trimestral.
Marcus soltó una carcajada.
—Ahí está la Elara que conozco.
Ella terminó la llamada.
Durante unos segundos, solo escuchó el motor del coche y el sonido lejano del tráfico.
Entonces sintió una mirada sobre ella.
—Mamá —dijo Leo.
Elara giró la cabeza.
—¿Sí?
—¿Lucien Ravaryn es la persona que no querías ver?
Elara cerró los ojos.
Por supuesto que había escuchado.
—Duérmete, Leo.
—No tengo sueño.
—Invéntalo.
Lia se rio.
Leo no.
Seguía mirándola con esa expresión demasiado seria para un niño de cuatro años.
—Entonces sí lo conoces.
Elara no respondió.
No podía decirle la verdad.
No todavía.
Pero al mirar el reflejo de Leo en la ventana, con aquellos ojos oscuros que no eran completamente suyos, comprendió que el problema ya no era solo volver a ver a Lucien.
El verdadero problema era cuánto tardaría Lucien en mirar a Leo y hacerse exactamente la misma pregunta que su hijo había hecho en el aeropuerto.
¿Ese hombre es mi papá?
Elara se quedó inmóvil.Durante cinco años había imaginado el momento en que alguien haría esa pregunta.Había pensado en todas las respuestas posibles.Cuando Leo y Lia fueran mayores.Cuando pudieran entender.Cuando ella tuviera una explicación completa.Cuando las heridas del pasado dejaran de doler.Pero nunca había pensado que ocurriría así.En medio de la noche.Después de que Lucien Ravaryn saliera por la puerta.Y con su hijo mirándola con los mismos ojos que habían perseguido sus recuerdos durante cinco años.—Mamá.La voz de Leo era tranquila.Demasiado tranquila para un niño de su edad.Eso era lo que más la preocupaba.Lia preguntaba porque tenía curiosidad.Leo preguntaba porque ya había conectado las piezas.Elara caminó lentamente hacia él y se agachó.—Cariño, ¿por qué estás despierto?Leo no respondió.Sus ojos permanecieron fijos en ella.—Porque escuché.El corazón de Elara se apretó.—¿Cuánto escuchaste?—Lo suficiente.Una respuesta demasiado adulta.Demasiado pa
—¿Leo es mi hijo?La pregunta quedó suspendida en el aire.Elara había imaginado ese momento cientos de veces.En algunas versiones, Lucien gritaba.En otras, la acusaba.En otras, simplemente se iba.Pero nunca había imaginado que ocurriría así.En la cocina de un apartamento temporal.Con platos sin lavar sobre la mesa.Con dibujos infantiles pegados en la pared.Con la voz de un hombre que alguna vez fue su esposo preguntándole por el hijo que había criado solo.Ella no respondió.Y ese silencio fue suficiente.Los ojos de Lucien cambiaron.No fue una reacción explosiva.No era su estilo.Lucien Ravaryn nunca perdía el control delante de los demás.Pero Elara lo conocía.Conocía la forma en que sus dedos se cerraban lentamente cuando estaba conteniendo una emoción.Conocía la tensión en su mandíbula.Conocía esa mirada.La misma que tenía cuando una cifra no coincidía en un informe financiero.La misma que tenía ahora.Como si su mente estuviera intentando aceptar algo que su coraz
Elara había aprendido muchas cosas durante los últimos cinco años.Aprendió a negociar con hombres que creían que una mujer joven no podía dirigir una adquisición millonaria.Aprendió a sonreír mientras escuchaba insultos disfrazados de consejos.Aprendió a dormir pocas horas, trabajar demasiado y seguir funcionando al día siguiente.Pero había una cosa que nunca había aprendido.Cómo mirar a Lucien Ravaryn y no recordar todo lo que había perdido.—¿Estás segura de que quieres hacer esto?La pregunta de Marcus la sacó de sus pensamientos.Elara levantó la mirada desde los documentos de Aureon Technologies.—¿Hacer qué?Marcus señaló la carpeta frente a ella.—Seguir negociando con él.Ella cerró lentamente el archivo.—No tengo opción.—Siempre tienes opciones.—No cuando hay cientos de empleados esperando que esta operación salga bien.Marcus suspiró.—No estoy hablando de negocios, Elara.Ella sabía exactamente de qué estaba hablando.Pero fingió no entender.—Entonces no sé de qué
Lucien permaneció sentado después de que la llamada terminara.El teléfono seguía en su mano.Pero ya no escuchaba nada.No escuchaba el ruido de la ciudad.No escuchaba las notificaciones que llegaban constantemente.No escuchaba siquiera sus propios pensamientos con claridad.Solo una frase continuaba repitiéndose.Tú no robaste esa información.Era algo que Elara había necesitado escuchar cinco años atrás.No ahora.No cuando ya había aprendido a vivir sin él.No cuando había construido una vida completamente separada de la suya.Lucien apoyó la cabeza contra el respaldo del sofá.Por primera vez en mucho tiempo, no se sintió como un CEO.No como el hombre que dirigía una de las empresas más importantes del país.No como alguien que podía comprar soluciones, contratar expertos o controlar una negociación.Solo era un hombre que había cometido un error.Uno que había destruido todo lo que más importaba.Cinco años atrás.Elara estaba sentada en una habitación de hotel en Londres.La
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