Mundo ficciónIniciar sesión—¿Leo es mi hijo?
La pregunta quedó suspendida en el aire.
Elara había imaginado ese momento cientos de veces.
En algunas versiones, Lucien gritaba.
En otras, la acusaba.
En otras, simplemente se iba.
Pero nunca había imaginado que ocurriría así.
En la cocina de un apartamento temporal.
Con platos sin lavar sobre la mesa.
Con dibujos infantiles pegados en la pared.
Con la voz de un hombre que alguna vez fue su esposo preguntándole por el hijo que había criado solo.
Ella no respondió.
Y ese silencio fue suficiente.
Los ojos de Lucien cambiaron.
No fue una reacción explosiva.
No era su estilo.
Lucien Ravaryn nunca perdía el control delante de los demás.
Pero Elara lo conocía.
Conocía la forma en que sus dedos se cerraban lentamente cuando estaba conteniendo una emoción.
Conocía la tensión en su mandíbula.
Conocía esa mirada.
La misma que tenía cuando una cifra no coincidía en un informe financiero.
La misma que tenía ahora.
Como si su mente estuviera intentando aceptar algo que su corazón todavía rechazaba.
—Elara.
Ella apartó la mirada.
—No hagas esto.
—¿Hacer qué?
—Convertir mi vida en una investigación.
Lucien dio un paso hacia ella.
—No estoy investigando.
Ella soltó una risa amarga.
—¿No?
Señaló la carpeta sobre la mesa.
—Llegaste hasta los documentos del divorcio. Buscaste la fecha de nacimiento de mis hijos. Averiguaste mi estado civil.
Lucien permaneció en silencio.
Porque no podía negarlo.
—Así es como haces todo —continuó ella—. Tomas un problema, buscas información y crees que la respuesta aparece sola.
—Porque normalmente funciona.
—Yo no soy una ecuación, Lucien.
La frase lo hizo detenerse.
Por un segundo, Elara vio una grieta en su expresión.
Una pequeña.
Pero estaba ahí.
—Lo sé.
Su respuesta fue tan baja que casi no parecía venir de él.
Elara respiró lentamente.
No esperaba eso.
No esperaba que él aceptara algo.
No después de cinco años.
—Entonces entiende que no puedes entrar aquí y exigirme respuestas.
—No estoy exigiendo.
—¿Ah, no?
Lucien miró hacia el pasillo.
Hacia las habitaciones de los niños.
—Solo necesito saber la verdad.
Elara sintió un nudo en la garganta.
La verdad.
Una palabra sencilla.
Una palabra que había destruido su vida.
—¿Y qué harás cuando la sepas?
Lucien volvió a mirarla.
—Depende de cuál sea.
—Exactamente.
Silencio.
Porque esa era la parte que más miedo le daba.
No la reacción de Lucien.
Sino lo que vendría después.
Si él descubría que Leo y Lia eran sus hijos, todo cambiaría.
La forma en que los miraría.
La forma en que ella tendría que compartirlos.
La forma en que su mundo, cuidadosamente construido durante cinco años, dejaría de pertenecerle solo a ella.
—No puedes quitarme a mis hijos.
Lucien frunció el ceño.
—Nunca dije eso.
—Pero lo pensaste.
—No.
La respuesta fue inmediata.
Demasiado rápida.
Elara lo miró.
Lucien sostuvo su mirada.
—Nunca haría eso.
Ella quiso creerle.
Y eso fue lo que más miedo le dio.
Porque incluso después de todo.
Incluso después del divorcio.
Incluso después de cinco años.
Una parte de ella todavía sabía cuándo Lucien estaba diciendo la verdad.
En la habitación, Leo estaba sentado en el suelo con un libro abierto.
Pero no estaba leyendo.
Estaba escuchando.
Lia estaba acostada boca abajo junto a él.
—¿Mamá está triste?
Leo pasó una página sin mirarla.
—Sí.
—¿Por qué?
Él tardó unos segundos en responder.
—Porque ese hombre importa.
Lia frunció el ceño.
—Pero mamá dijo que era complicado.
—Lo es.
—¿Cómo sabes?
Leo cerró el libro.
La miró con seriedad.
—Porque cuando ella habla de él, dice menos palabras.
Lia pareció pensar en eso.
—Eso es raro.
—Sí.
Los dos permanecieron en silencio.
Hasta que Lia preguntó:
—¿Crees que es nuestro papá?
Leo no respondió inmediatamente.
Miró la puerta cerrada.
Luego sus propias manos.
Luego recordó la forma en que aquel hombre lo había mirado.
Como si estuviera viendo algo imposible.
—No lo sé.
—Pero se parece a ti.
Leo levantó una ceja.
Exactamente como Lucien hacía.
—Eso no significa nada.
Lia sonrió.
—Eso sonó como mamá.
Leo ignoró el comentario.
Pero por dentro, una pregunta ya había empezado a crecer.
Una pregunta que no sabía cómo responder.
¿Por qué un desconocido lo miraba como si ya lo conociera?
En la sala, Lucien tomó la decisión más difícil de toda su vida.
Esperar.
No porque no quisiera saber.
Sino porque por primera vez entendió algo.
Elara no estaba ocultándole información para lastimarlo.
Estaba protegiendo algo.
A alguien.
—Me iré.
Elara levantó la mirada, sorprendida.
—¿Qué?
—Me iré esta noche.
Ella no respondió.
—Pero esto no termina aquí.
Por supuesto que no.
Ambos lo sabían.
Lucien caminó hacia la puerta.
Antes de salir, se detuvo.
—Elara.
Ella no quería mirarlo.
Pero lo hizo.
—¿Sí?
Lucien tardó unos segundos.
Como si estuviera buscando las palabras correctas.
Algo que rara vez hacía.
—Si Leo es mío…
Elara dejó de respirar.
—No voy a desaparecer otra vez.
Su voz no tenía arrogancia.
No tenía autoridad.
Solo una promesa.
Y eso era más peligroso.
Porque Elara no sabía qué hacer con un Lucien que parecía arrepentido.
La puerta se cerró.
Ella permaneció inmóvil.
Hasta que escuchó pequeños pasos detrás.
Leo apareció en el pasillo.
—Mamá.
Elara se giró rápidamente.
—¿Qué haces despierto?
Leo no respondió.
Solo preguntó:
—¿Ese hombre es mi papá?
El corazón de Elara se rompió por segunda vez esa noche.
Porque la pregunta de Lucien había sido difícil.
Pero la de Leo…
Era peor.







