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Capítulo 3 — No preguntes por mis hijos

—No pienso responder.

La voz de Elara salió más firme de lo que se sentía.

Lucien no se movió.

—Solo te pregunté su edad.

—Y yo ya le dije que mis hijos no tienen nada que ver con esta negociación.

—No he dicho que la tengan.

—Entonces deje de preguntar por ellos.

Elara cerró la computadora y guardó el cargador con movimientos precisos. Necesitaba salir de aquella sala antes de que su rostro revelara demasiado.

Lucien la observaba en silencio.

Ese silencio era peor que una discusión.

Cinco años atrás, ella había aprendido que Lucien no presionaba cuando todavía no tenía suficientes datos. Esperaba. Miraba. Dejaba que la otra persona llenara los espacios.

Elara no iba a hacerlo.

—¿Por qué te molesta tanto una pregunta tan simple? —dijo finalmente.

Ella levantó la vista.

—Porque no tiene derecho a hacerla.

Algo oscuro cruzó los ojos de Lucien.

—Derecho.

—Exactamente.

Elara tomó su bolso.

—La próxima reunión será el jueves. Lunaris enviará las observaciones sobre la cláusula diecisiete antes de esta noche.

—Elara.

Se detuvo junto a la puerta.

—¿Qué?

—No he olvidado cómo eras cuando mentías.

El golpe fue limpio.

Directo.

Elara giró despacio.

—Entonces recuerde también cómo era cuando me acusaban de algo que no había hecho.

Por primera vez, Lucien no respondió de inmediato.

Elara abrió la puerta.

—Buenos días, señor Ravaryn.

Y salió.


Marcus la esperaba cerca de los ascensores con un café en una mano y el teléfono en la otra.

Al verla, guardó el teléfono.

—Esa cara no parece la de alguien que acaba de cerrar una reunión de varios millones.

—Porque todavía no hemos cerrado nada.

—¿Sobreviviste?

—Apenas.

Marcus le ofreció el café.

Elara no lo tomó.

—Sabías que vendría.

Marcus no intentó fingir.

—Sí.

Ella apretó el botón del ascensor.

—Y no me dijiste.

—Porque habrías cancelado.

—Correcto.

—Por eso no te dije.

Elara lo fulminó con la mirada.

—Eres insoportable.

—También soy tu jefe.

—Temporalmente.

Marcus sonrió.

—Noventa días.

—No uses esa frase.

—¿Por qué?

—Porque todo el mundo parece obsesionado con recordármelo.

Las puertas se abrieron.

Elara entró. Marcus la siguió.

Durante unos segundos, el ascensor descendió en silencio.

—¿Qué pasó? —preguntó él.

—Negociamos.

—Eso ya lo sé.

—Entonces no preguntes.

Marcus apoyó la espalda contra la pared.

—Te conozco lo suficiente para saber cuándo estás evitando algo.

—No me conoces tanto.

—Tienes la misma cara que pone Leo cuando alguien toca sus cosas.

Elara giró bruscamente.

—No metas a mis hijos.

La sonrisa de Marcus desapareció.

—Precisamente.

Elara sintió cómo se tensaba el aire.

—¿Lucien sabe?

Miró las cifras luminosas sobre la puerta.

Cuarenta y ocho.

Cuarenta y siete.

Cuarenta y seis.

—No.

—¿Sospecha?

Elara recordó la forma en que Lucien había mirado la fotografía.

Después la pregunta.

¿Qué edad tienen?

—Tal vez.

Marcus exhaló lentamente.

—Elara.

—No empieces.

—No puedes evitarlo para siempre.

—No quiero evitarlo para siempre.

—¿Entonces qué quieres?

Elara apretó la mandíbula.

Había imaginado ese momento durante años. A veces Lucien recibía una carta. A veces ella se lo decía personalmente. En otras versiones, esperaba hasta que Leo y Lia fueran suficientemente mayores para entenderlo.

Nunca había imaginado que todo empezaría por una fotografía vista accidentalmente en una sala de juntas.

—Quiero decidir cuándo —dijo.

Marcus la observó.

—Y cómo.

—Exacto.

—¿Y si él decide antes?

Elara no respondió.

Las puertas se abrieron en el vestíbulo.

Salió sin mirar atrás.


Lucien permaneció en la sala de juntas mucho después de que Elara se hubiera marchado.

La copia impresa de la presentación seguía frente a él.

Aureon Technologies.

Valoración.

Riesgo.

Control.

No había leído una sola línea desde que ella salió.

Dos hijos.

Elara tenía dos hijos.

Lucien apoyó los codos en la mesa y cerró los ojos un instante.

Cinco años.

No debería significar nada.

Había miles de explicaciones.

Elara podía haber conocido a alguien después de irse.

Podía haberse enamorado.

Podía haber formado una familia.

Era posible.

Lógico.

Normal.

Y, sin embargo, la idea le produjo una presión desagradable en el pecho.

No eran celos.

Se negó a llamarlo así.

Era simplemente desconcierto.

Había pasado casi cinco años convenciéndose de que Elara había elegido desaparecer de su vida. Que había firmado el divorcio, recogido sus cosas y seguido adelante.

Ahora había vuelto convertida en otra mujer.

Más segura.

Más fría.

Y con dos niños que él no sabía que existían.

La puerta se abrió.

Daniel, su director de gabinete, entró con una tableta bajo el brazo.

—El equipo legal pregunta si autoriza la segunda ronda del jueves.

—Sí.

Daniel hizo una anotación.

—También quieren confirmar si mantenemos a la señora Grey como contraparte principal.

Lucien levantó la mirada.

—¿Por qué no?

—Ninguna razón.

Daniel lo observó durante un segundo más de lo necesario.

—Entonces queda confirmado.

Se giró para salir.

—Daniel.

—¿Sí?

Lucien miró nuevamente la presentación.

—¿Qué sabes de Elara Grey?

Daniel se detuvo.

—¿Profesionalmente?

—Todo.

Una ceja de Daniel se elevó.

Lucien no cambió de expresión.

—Cinco años fuera y vuelve como Senior M&A Director de Lunaris Capital.

—No estuvo exactamente desaparecida.

—Para mí sí.

Daniel entendió que no era momento para bromas.

Deslizó un dedo sobre la pantalla.

—Trabajó primero en una firma boutique de Londres. Después pasó a Lunaris. Ascendió rápido. Ha dirigido varias adquisiciones importantes y su nombre aparece en dos operaciones bastante agresivas del último año.

Lucien ya sabía suficiente de su carrera.

—Estado civil.

Daniel levantó la vista.

—¿Eso también forma parte de la diligencia sobre Aureon?

—Hoy sí.

Hubo un silencio corto.

—No aparece ningún matrimonio registrado reciente.

Lucien se quedó inmóvil.

—¿Reciente?

Daniel pareció arrepentirse de la palabra.

—Hay uno anterior.

Los ojos de Lucien se endurecieron.

—Con usted.

—Eso lo sé.

—No hay otro.

Lucien se reclinó lentamente en la silla.

No debería haber sentido alivio.

Lo sintió.

Y eso lo irritó todavía más.

Daniel continuó:

—Tiene dos hijos.

—También lo sé.

—Gemelos.

Lucien levantó la cabeza.

—¿Gemelos?

—Sí.

La fotografía volvió a su mente.

Dos niños sentados uno junto al otro.

No había prestado suficiente atención. Solo había visto el rostro de Elara cambiar cuando los miraba.

—Edad.

Daniel consultó la tableta.

—Cuatro años.

Lucien dejó de respirar.

—¿Cuatro?

—Casi cinco.

Algo se tensó dentro de él.

La negativa de Elara a responder regresó de inmediato.

—Fecha de nacimiento.

Daniel deslizó la pantalla.

—Veintitrés de abril.

El mundo pareció detenerse.

Lucien miró a Daniel, pero ya no lo veía.

Finales de septiembre.

El divorcio.

Elara había salido de la ciudad pocos días después.

Octubre.

Noviembre.

Diciembre.

Enero.

Febrero.

Marzo.

Abril.

Siete meses.

—¿Señor? —preguntó Daniel.

Lucien cerró lentamente la mano.

No.

Una fecha no demostraba nada.

Podían haber nacido prematuros.

Podían ser hijos de otra persona.

Elara podía haber conocido a alguien antes de marcharse.

Aquella última posibilidad encendió algo oscuro en su pecho.

Se levantó y caminó hacia la ventana.

—¿Hay un padre registrado?

Daniel volvió a revisar.

—No aparece públicamente.

—¿Nada?

—Nada accesible.

Lucien recordó la expresión de Elara cuando preguntó por la edad de los niños.

No había sido molestia.

Había sido miedo.

O algo muy parecido.

—Busca.

Daniel guardó silencio.

—¿Hasta dónde?

Lucien se giró.

—Lo suficiente para saber por qué Elara no quería que hiciera esta pregunta.

Daniel lo estudió durante un instante.

—Entendido.

Cuando la puerta se cerró, Lucien quedó solo frente a la ciudad.

Cuatro años.

Casi cinco.

Gemelos.

Veintitrés de abril.

Siete meses después de que Elara se marchara.

Una posibilidad absurda empezó a tomar forma.

Lucien intentó rechazarla.

No pudo.

Porque por primera vez desde que Elara había regresado, la pregunta ya no era por qué había escondido a sus hijos.

Era otra.

Una mucho más peligrosa.

¿Qué había ocurrido siete meses antes de que nacieran?

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