Capítulo 12 — La verdad que casi dijo

Elara había aprendido muchas cosas durante los últimos cinco años.

Aprendió a negociar con hombres que creían que una mujer joven no podía dirigir una adquisición millonaria.

Aprendió a sonreír mientras escuchaba insultos disfrazados de consejos.

Aprendió a dormir pocas horas, trabajar demasiado y seguir funcionando al día siguiente.

Pero había una cosa que nunca había aprendido.

Cómo mirar a Lucien Ravaryn y no recordar todo lo que había perdido.

—¿Estás segura de que quieres hacer esto?

La pregunta de Marcus la sacó de sus pensamientos.

Elara levantó la mirada desde los documentos de Aureon Technologies.

—¿Hacer qué?

Marcus señaló la carpeta frente a ella.

—Seguir negociando con él.

Ella cerró lentamente el archivo.

—No tengo opción.

—Siempre tienes opciones.

—No cuando hay cientos de empleados esperando que esta operación salga bien.

Marcus suspiró.

—No estoy hablando de negocios, Elara.

Ella sabía exactamente de qué estaba hablando.

Pero fingió no entender.

—Entonces no sé de qué hablas.

Marcus la observó durante unos segundos.

Era una de las pocas personas que podía verla más allá de la máscara profesional.

—Lucien está buscando respuestas.

Elara apretó los dedos sobre la mesa.

—Que busque lo que quiera.

—Y si encuentra la respuesta antes de que tú estés preparada.

Silencio.

Esa era la única posibilidad que realmente la aterraba.

No que Lucien descubriera la verdad.

Sino cómo la descubriría.

Porque Lucien Ravaryn nunca aceptaba una verdad a medias.

Él investigaba.

Analizaba.

Encontraba cada pieza perdida hasta reconstruir el rompecabezas completo.

Y ahora el rompecabezas tenía dos nombres.

Leo.

Lia.

—No voy a permitir que convierta a mis hijos en un caso empresarial —dijo finalmente.

Marcus bajó la voz.

—No creo que quiera hacer eso.

Elara soltó una pequeña risa sin humor.

—No conoces a Lucien como yo.

Marcus no respondió.

Porque ambos sabían que esa frase tenía dos significados.

Ella conocía al hombre que podía ser frío frente a un consejo de administración.

Pero también conocía al hombre que una vez la abrazó durante una noche de tormenta y prometió protegerla.

El problema era que ese hombre había desaparecido.

O quizá nunca había existido.


En Ravaryn Global, Lucien llevaba tres horas mirando el mismo informe.

Tres horas.

Algo que jamás ocurría.

Los números podían esperar.

Los contratos podían esperar.

Pero una pregunta no dejaba de repetirse en su mente.

¿Por qué Elara había ocultado a sus hijos?

Daniel dejó una carpeta sobre la mesa.

—Encontramos algo.

Lucien levantó la mirada inmediatamente.

—¿Qué?

—Sobre el divorcio.

El silencio cambió.

Ya no era una conversación sobre curiosidad.

Era una investigación.

Daniel abrió la carpeta.

—Hay inconsistencias.

Lucien frunció el ceño.

—Explícate.

—La solicitud de divorcio fue enviada desde una cuenta vinculada al sistema interno de Ravaryn Global.

Lucien se quedó inmóvil.

—Eso es imposible.

—Eso pensé.

Daniel colocó varios documentos frente a él.

—Pero los registros muestran que alguien utilizó una autorización interna.

Lucien tomó la hoja.

Leyó una vez.

Luego otra.

—¿Quién tenía acceso?

Daniel dudó.

Una mala señal.

—Dímelo.

—El acceso pertenecía a varios ejecutivos.

Lucien levantó la mirada.

—Nombres.

Daniel respiró profundamente.

—Entre ellos… Seraphina Voss.

El nombre cayó como una piedra.

Lucien no dijo nada.

Pero Daniel conocía demasiado bien esa expresión.

Era la expresión de alguien que acababa de descubrir que una parte de su historia podía estar equivocada.

—Señor Ravaryn…

Lucien cerró la carpeta.

Cinco años.

Cinco años creyendo que Elara había elegido irse.

Cinco años pensando que ella había firmado aquel divorcio porque ya no quería permanecer a su lado.

Pero ahora existía otra posibilidad.

Una posibilidad mucho más incómoda.

Que ambos hubieran sido manipulados.


Esa noche, Elara estaba preparando la cena cuando escuchó pasos detrás de ella.

No necesitó girarse.

Sabía quién era.

—¿Cómo entraste?

Lucien permaneció cerca de la puerta.

—Tu asistente del edificio me dejó pasar.

Ella cerró los ojos.

—Voy a tener una conversación seria con administración.

—Probablemente deberías.

El tono tranquilo de él la irritó más.

—¿Qué quieres?

Lucien miró alrededor.

El apartamento era sencillo.

Nada parecido al mundo de lujo que él conocía.

Había juguetes sobre la mesa.

Dibujos pegados en la pared.

Dos pequeñas mochilas junto al sofá.

Una vida que él nunca había visto.

Una vida que había ocurrido sin él.

—Encontré algo sobre nuestro divorcio.

Elara se quedó quieta.

—No quiero hablar de eso.

—Creo que deberíamos.

—No.

Lucien la miró.

—Elara.

Ella se giró.

—Cinco años atrás usted decidió creer una versión de mí sin preguntarme.

La mandíbula de Lucien se tensó.

—Y tú decidiste desaparecer.

—Porque usted me dejó hacerlo.

Silencio.

La frase dolió más porque era cierta.

Lucien bajó la mirada un instante.

—La solicitud de divorcio no salió de ti.

Elara parpadeó.

—¿Qué?

—Alguien la envió utilizando un acceso interno de Ravaryn Global.

El color desapareció lentamente del rostro de Elara.

—No.

—Estoy investigándolo.

—No.

Esta vez su voz fue más baja.

Más débil.

Lucien dio un paso hacia ella.

—Elara.

Ella negó con la cabeza.

—No puede ser.

—¿Por qué?

Porque durante cinco años esa había sido la única explicación que tenía sentido.

Lucien la había abandonado.

Lucien había elegido creer lo peor.

Lucien había querido terminar.

Si eso cambiaba…

Entonces todo lo que había construido sobre aquel dolor también cambiaba.

—Porque si eso es verdad…

Ella se detuvo.

Lucien esperó.

—Si eso es verdad, entonces nosotros nunca tuvimos una oportunidad.

La expresión de Lucien cambió.

Por primera vez en mucho tiempo, parecía perder el control.

—Quizá todavía tengamos una.

Elara lo miró.

Y por un segundo recordó al hombre que amó.

Pero después recordó a Leo preguntando:

"¿Ese hombre es mi papá?"

Retrocedió.

—No diga eso.

—¿Por qué?

—Porque no sabe lo que está pidiendo.

Lucien sostuvo su mirada.

—Entonces dime qué estoy pidiendo.

Elara abrió la boca.

La verdad estuvo a punto de salir.

Estuvo a punto de decirlo.

"Leo y Lia son tus hijos."

Pero entonces vio el miedo en los ojos de Lucien.

Y recordó todos los años en que estuvo sola.

Todos los días en que tuvo que elegir por ellos.

Por sus hijos.

—No puedo.

Lucien frunció el ceño.

—¿No puedes o no quieres?

Una lágrima silenciosa casi cayó, pero ella la contuvo.

—Ambas.

Lucien permaneció inmóvil.

Y por primera vez desde que había regresado, Elara vio algo diferente en él.

No enojo.

No arrogancia.

Dolor.

—Entonces todavía hay algo que no me has dicho.

Ella no respondió.

Porque los dos sabían la respuesta.

Lucien miró hacia el pasillo donde estaban las habitaciones de los niños.

Luego volvió a verla.

—Elara…

Su voz cambió.

Más suave.

Más peligrosa.

—¿Leo es mi hijo?

El mundo pareció detenerse.

Y esta vez…

Ella no pudo mentir tan rápido.

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