Mundo ficciónIniciar sesiónA las cuatro de la tarde, Elara ya estaba agotada.
No físicamente.
Eso habría sido fácil.
Lo que la agotaba era saber que, en algún lugar de la ciudad, Lucien Ravaryn probablemente seguía haciendo exactamente lo que siempre hacía cuando encontraba algo que no entendía.
Investigar.
Calcular.
Buscar respuestas.
Y esta vez las respuestas llevaban los nombres de sus hijos.
Cuando abrió la puerta del apartamento temporal, Lia apareció corriendo.
—¡Mamá!
Elara dejó el bolso justo a tiempo para atraparla.
—Hola, pequeña.
—Tardaste muchísimo.
—Trabajé.
—No me gusta tu trabajo.
Elara arqueó una ceja.
—A mí sí.
—Entonces trabaja menos.
Elara sonrió a pesar de todo.
—Negociadora.
—¿Eso es bueno?
—Mucho.
Leo apareció desde la sala.
No corrió.
Por supuesto que no.
Llevaba una camiseta azul y sostenía una tableta contra el pecho.
Elara lo miró.
Luego miró la tableta.
Algo en su expresión despertó inmediatamente todas sus alarmas.
—¿Qué estás haciendo?
—Nada.
—Leo.
El niño suspiró.
—Investigando.
Elara cerró los ojos durante un segundo.
Naturalmente.
—¿Investigando qué?
Leo giró la tableta.
La pantalla mostraba una búsqueda.
LUCIEN RAVARYN.
El estómago de Elara se cerró.
—¿Por qué estás buscando eso?
—Quería saber quién era.
Lia apareció detrás de él.
—Es el señor guapo.
—No lo llames así.
—Pero es verdad.
Leo deslizó el dedo por la pantalla.
—Es CEO.
—Sí.
—Tiene treinta y cinco años.
Elara le quitó la tableta.
—Se acabó la investigación.
Leo frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque no necesitas investigar a desconocidos.
—Pero tú lo conoces.
Elara se quedó quieta.
—¿Qué?
—Mentiste ayer.
—No mentí.
—Sí.
—Leo.
—Cuando viste su foto dejaste de respirar.
Elara no respondió.
Leo continuó con esa lógica insoportablemente tranquila que había heredado del peor hombre posible.
—Y hoy dijiste que ibas a trabajar.
—Eso hice.
—Entré a tu calendario.
—¿Hiciste qué?
—Decía Ravaryn Global.
Elara respiró profundamente.
Uno.
Dos.
No gritar.
—No vuelvas a entrar en mi calendario.
—Entonces sí lo conoces.
—Es una persona con la que trabajo.
—¿Desde antes?
Silencio.
Leo no apartó los ojos de ella.
Demasiado observador.
Demasiado parecido.
—Mamá.
Lia también esperaba una respuesta.
Elara dejó la tableta sobre la mesa y se agachó frente a los dos.
—Escúchenme. Hay cosas de la vida de mamá que ocurrieron antes de que ustedes nacieran.
Leo asintió.
—Obviamente.
Elara lo miró.
—No ayudes.
Lia soltó una risita.
—Algunas de esas cosas son complicadas —continuó Elara.
—¿Ese señor es complicado? —preguntó Lia.
Elara estuvo peligrosamente cerca de reír.
—Mucho.
Leo inclinó la cabeza.
—¿Era tu novio?
El corazón de Elara dio un golpe.
—No.
Técnicamente, era verdad.
Lucien nunca había sido simplemente su novio.
Había sido su jefe.
Su amante.
Su secreto.
Su marido.
Y finalmente el hombre que había destruido su capacidad de confiar.
—¿Amigo? —preguntó Leo.
—Tampoco.
—¿Enemigo?
Elara dudó.
—A veces.
Los ojos de Lia se abrieron.
—¿Como en las películas?
—Definitivamente no.
Leo todavía no parecía satisfecho.
—Entonces, ¿qué era?
Elara se incorporó.
—Hora de merendar.
—Eso no es una respuesta.
—Exacto.
El teléfono sonó una hora después.
Número desconocido.
Elara lo observó.
No contestó.
Volvió a sonar.
Clara estaba en la cocina con Lia. Leo dibujaba en la mesa.
Elara tomó el teléfono y salió al balcón.
—¿Sí?
—Elara.
Su cuerpo se tensó inmediatamente.
Lucien.
—¿Cómo consiguió este número?
—No fue difícil.
—Eso no es tranquilizador.
—Necesitamos hablar.
—Tenemos una reunión el jueves.
—No sobre Aureon.
Elara miró a través del cristal.
Leo seguía dibujando.
—Entonces no tenemos nada que hablar.
Hubo una pausa.
—Tienes gemelos.
La mano de Elara se cerró alrededor del teléfono.
—No vuelva a investigar a mis hijos.
—No tuve que investigar demasiado.
—Son menores.
—Lo sé.
—Entonces manténgalos fuera de esto.
Lucien guardó silencio.
Cuando volvió a hablar, su voz era más baja.
—Nacieron el veintitrés de abril.
Elara dejó de respirar.
No.
Demasiado rápido.
Había sabido que investigaría.
No había esperado que llegara tan lejos en unas horas.
—¿Quién le dio esa información?
—¿Es correcta?
—No es asunto suyo.
—Elara.
—No.
—Responde una pregunta.
—No le debo respuestas sobre mis hijos.
—¿Por qué ocultaste su edad esta mañana?
Elara miró las luces de la ciudad.
—Porque sabía que haría exactamente esto.
—¿Esto qué?
—Convertirlos en una investigación.
La voz de Lucien se endureció.
—No estoy investigando niños.
—Entonces deje de hacer preguntas.
—No puedo.
—Sí puede.
—No cuando las fechas no tienen sentido.
Elara cerró los ojos.
Ahí estaba.
Había contado.
Por supuesto que había contado.
Lucien siempre contaba.
Siempre calculaba.
Siempre encontraba patrones donde los demás solo veían coincidencias.
Finales de septiembre.
Veintitrés de abril.
Siete meses.
—No vuelva a llamarme por esto.
—Elara.
—Buenas noches.
Terminó la llamada.
Sus dedos temblaban.
El teléfono volvió a sonar.
Lo apagó.
—Mamá.
Elara se giró.
Leo estaba detrás de la puerta del balcón.
El corazón se le hundió.
No sabía cuánto había escuchado.
—Cariño.
—¿Era él?
—Vuelve adentro.
—Era Lucien Ravaryn.
No era una pregunta.
—Leo.
—¿Por qué pregunta por nosotros?
Elara tragó saliva.
—Porque es curioso.
—No.
—¿No?
Leo cruzó los brazos.
—Los adultos no llaman después del trabajo para preguntar la fecha de nacimiento de los hijos de alguien solo porque son curiosos.
Elara se quedó mirándolo.
A veces era difícil recordar que tenía cuatro años.
—Ve adentro.
—Mamá—
—Ahora.
Por primera vez, Leo obedeció sin discutir.
Pero la pregunta permaneció en su rostro.
Y Elara entendió algo que le provocó más miedo que la llamada de Lucien.
Ya no estaba tratando de mantener un secreto frente a una sola persona.
Ahora tanto Lucien como Leo estaban haciendo preguntas.
Desde lados opuestos de la misma verdad.
A la mañana siguiente, Elara se vistió antes de que los gemelos despertaran.
Tenía dos reuniones externas.
Ninguna relacionada con Ravaryn Global.
Un día tranquilo.
Sin Lucien.
Sin preguntas.
Sin pasado.
Eso era lo que se repitió mientras bajaba en el ascensor.
Las puertas se abrieron en el vestíbulo.
Elara caminó hacia la salida.
—¡Mamá!
Se detuvo.
Leo corría hacia ella.
Detrás venían Clara y Lia.
—¡Lo siento! —dijo Clara—. Olvidaste esto.
Leo levantó una carpeta.
—Tus documentos.
Elara exhaló.
—Gracias.
Se agachó frente a él.
—Ahora vuelve arriba.
Leo le entregó la carpeta.
—¿Vienes temprano?
—Intentaré.
—Promesa.
—Promesa.
Elara besó su frente.
Luego a Lia.
Se incorporó.
Y entonces vio el coche negro detenerse frente al edificio.
Su sangre se congeló.
No.
La puerta trasera se abrió.
Lucien salió.
No.
No.
No.
Elara miró rápidamente a los gemelos.
Después a Lucien.
Él todavía no los había visto.
—Suban.
Clara parpadeó.
—¿Señora?
—Ahora.
Pero Lia ya había mirado hacia la entrada.
Sus ojos se iluminaron.
—¡Mamá!
—Lia, no.
Demasiado tarde.
La niña señaló.
—¡Es el señor guapo de la pantalla!
Lucien escuchó.
Se detuvo.
Giró la cabeza.
Y entonces los vio.
Primero a Lia.
Después a Leo.
Toda expresión desapareció de su rostro.
Leo tampoco se movió.
El mundo de Elara quedó en silencio.
Porque de cerca era peor.
Mucho peor.
El mismo cabello oscuro.
Los mismos ojos.
La misma forma de quedarse inmóvil mientras analizaba a la persona frente a él.
Lucien dio un paso.
Leo lo observó con absoluta curiosidad.
—Tú eres Lucien Ravaryn.
Lucien tardó demasiado en responder.
Su mirada recorría el rostro del niño como si estuviera contemplando una fotografía de su propia infancia.
—Sí.
Leo inclinó la cabeza.
—Yo soy Leo.
Lucien tragó lentamente.
—Leo…
Elara avanzó.
—Tenemos que irnos.
Lucien la miró.
Después volvió a mirar al niño.
Y cometió exactamente el error que Elara había temido desde el aeropuerto.
—¿Cuántos años tienes?
—Lucien.
Leo respondió antes de que ella pudiera detenerlo.
—Cuatro.
Lucien dejó de respirar.
Leo continuó, completamente inocente:
—Pero cumplo cinco el veintitrés de abril.
El silencio fue brutal.
Lucien levantó lentamente la mirada hacia Elara.
Ya no había curiosidad en sus ojos.
Había cálculo.
Fechas.
Recuerdos.
Una noche.
Un divorcio.
Siete meses.
—Elara… —dijo en voz baja.
Ella retrocedió un paso.
—No.
Pero Lucien ya estaba mirando nuevamente a Leo.
Y esta vez no parecía estar viendo simplemente al hijo de su exesposa.
Parecía estar viendo la posibilidad de que aquel niño fuera suyo.







