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Capítulo 2 — El hombre que no debía volver a ver

A las ocho cincuenta y siete de la mañana siguiente, Elara entró en la sede de Ravaryn Global.

Cincuenta y ocho pisos de cristal y acero se elevaban sobre la ciudad.

Fríos.

Imponentes.

Inalcanzables.

Como Lucien.

—Elara Grey, Lunaris Capital —dijo en recepción.

La mujer detrás del mostrador sonrió.

—La están esperando, señora Grey.

Señora Grey.

No señora Ravaryn.

Nunca más.

Elara tomó el ascensor privado hasta el piso cincuenta y cuatro.

Mientras las cifras ascendían, observó su reflejo en el espejo.

Traje negro.

Camisa blanca.

Cabello recogido.

Rostro sereno.

Nadie habría imaginado que había dormido menos de tres horas.

Nadie habría imaginado que había pasado parte de la noche recordando cómo sonaba la voz de Lucien cuando decía su nombre en la oscuridad.

Había ensayado la reunión una docena de veces.

Buenos días, señor Ravaryn.

Aquí están los términos de Lunaris.

Estos son los riesgos.

Este es el precio.

Nada personal.

Nada del pasado.

Nada de hijos.

La noche anterior, Leo había tardado demasiado en dormirse.

Elara lo había encontrado sentado junto a la ventana del apartamento, mirando las luces de la ciudad.

—¿Mañana verás al señor de la pantalla? —había preguntado.

Elara se había quedado en la puerta.

—Sí.

—¿Te cae mal?

—Es complicado.

—Eso dijo Lia.

—Lia dice muchas cosas.

Leo había guardado silencio antes de añadir:

—Te pusiste triste cuando Marcus dijo su nombre.

Aquello había sido peor que cualquier pregunta.

Elara se acercó, le acomodó la manta sobre las piernas y besó su cabello.

—Hay personas que pertenecen al pasado.

—¿Y si vuelven?

Elara no había sabido qué responder.

Ahora, mientras el ascensor subía hacia el piso cincuenta y cuatro, aquella pregunta regresó con una precisión cruel.

Lucien había vuelto.

O quizá era ella la que había regresado a un lugar del que nunca había terminado de escapar.

No importaba.

Tenía una negociación que cerrar, noventa días que superar y dos hijos que mantener lejos de una verdad capaz de cambiarlo todo.

Las puertas se abrieron.

Una asistente la condujo hacia la sala de juntas.

—Los demás llegarán en unos minutos.

—Gracias.

Elara entró.

Vacía.

Perfecto.

Dejó su computadora sobre la mesa.

Abrió los documentos.

Aureon Technologies.

Oferta.

Riesgos.

Estructura.

Números.

Eso podía controlarlo.

Los números no mentían.

Las personas sí.

Durante unos segundos repasó la primera diapositiva sin leer realmente nada.

El nombre de Lucien parecía estar escrito detrás de cada cifra.

Cinco años atrás, habría esperado su aprobación antes de presentar una propuesta importante. Habría buscado una mínima inclinación de su cabeza, una mirada, cualquier señal de que había hecho bien su trabajo.

Eso también había cambiado.

Ya no necesitaba su aprobación.

Ni profesional.

Ni personal.

Se repitió aquella idea hasta casi creerla.

La puerta se abrió detrás de ella.

—Pensé que nunca volverías.

Elara se quedó inmóvil.

No necesitó girarse.

Su cuerpo reconoció aquella voz antes que su mente.

Cinco años se comprimieron en un segundo.

Una oficina cerrada.

Un beso robado.

Un anillo escondido.

Una cama compartida.

Una discusión.

Una firma.

Una puerta cerrándose.

Elara respiró lentamente y se dio la vuelta.

Lucien Ravaryn estaba a menos de cuatro metros.

Era injusto que el tiempo hubiera sido tan amable con él.

Más ancho de hombros.

Más duro en el rostro.

Más peligroso precisamente porque seguía pareciendo el hombre al que alguna vez había amado más que a sí misma.

Pero sus ojos no habían cambiado.

Oscuros.

Controlados.

Y ahora estaban clavados en ella.

—Yo también lo pensé —respondió Elara.

Algo pasó por el rostro de Lucien.

Dolor.

O rabia.

Desapareció antes de que ella pudiera estar segura.

—Cinco años.

—Casi.

—Desapareciste.

Elara sintió una punzada.

—Pensé que eso era lo que querías.

La mandíbula de Lucien se tensó.

—No pongas palabras en mi boca.

—No tenemos tiempo para hablar del pasado.

—Curioso. Tuvimos cinco años.

Elara sostuvo su mirada.

Había imaginado aquel encuentro muchas veces.

En algunas versiones lo abofeteaba.

En otras le gritaba.

En las peores, corría hacia él.

La realidad era más sencilla.

Extendió la mano.

—Buenos días, señor Ravaryn.

Lucien miró su mano.

Luego a ella.

—¿Señor Ravaryn?

—Estamos aquí por negocios.

—¿Eso es todo lo que soy ahora?

La pregunta encontró una grieta que Elara creía haber sellado hacía años.

No dejó que se notara.

—Para mí, sí.

Silencio.

Lucien tomó finalmente su mano.

El contacto fue breve.

Dos segundos.

Suficientes para que Elara recordara exactamente cómo se sentían aquellos dedos sobre su piel.

Retiró la mano primero.

Lucien bajó la mirada hacia su dedo anular.

Vacío.

—No llevas anillo.

Elara sintió rabia antes que dolor.

—Usted se aseguró de eso hace cinco años.

Los ojos de Lucien se endurecieron.

—No fui el único que firmó.

Elara palideció.

Aquella frase todavía podía hacerle daño.

Odiaba que pudiera.

La puerta se abrió antes de que respondiera.

Los demás ejecutivos comenzaron a entrar.

Elara agradeció la interrupción.

Durante la siguiente hora se convirtió en la mujer que había construido después de Lucien.

Precisa.

Fría.

Imposible de intimidar.

Discutió valoración, riesgos regulatorios, protección de accionistas y control postadquisición.

Lucien casi no habló.

Pero la observó.

Constantemente.

Como si buscara a la joven que había conocido debajo de cada palabra profesional.

Elara se negó a darle esa satisfacción.

Cuando un abogado de Ravaryn cuestionó una cláusula de protección, ella respondió sin mirar sus notas.

Cuando el director financiero intentó reducir la valoración, ella desmontó sus cifras en menos de dos minutos.

Y cuando Lucien finalmente intervino, lo hizo con la misma calma que ella recordaba.

—Lunaris está pidiendo demasiado control.

—Lunaris está asumiendo demasiado riesgo —respondió Elara.

Sus miradas se encontraron.

—Sigues negociando como si perder fuera una ofensa personal.

—Y usted sigue negociando como si ganar le perteneciera por derecho.

Un silencio incómodo cayó sobre la mesa.

Uno de los ejecutivos carraspeó.

Lucien casi sonrió.

Casi.

—Veo que Londres te cambió.

—Ese era el objetivo.

La reunión continuó.

Pero Elara supo que él había entendido el golpe.

Ella ya no era la mujer que había dejado atrás.

Y, aun así, bajo la mesa, sus dedos estaban fríos.

Esa era la parte que más odiaba.

Podía controlar una sala llena de ejecutivos.

Podía discutir cifras de cientos de millones sin titubear.

Podía enfrentarse a abogados, accionistas y miembros de consejo que habían intentado subestimarla durante años.

Pero bastaba una mirada de Lucien para recordar a la mujer que había sido cinco años atrás.

Y Elara se negaba a permitir que esa mujer volviera a dirigir su vida.

Cuando la reunión terminó, varios ejecutivos comenzaron a recoger sus documentos.

Elara revisó su teléfono.

Un mensaje de Clara, la niñera.

CLARA: Todo bien. Los niños desayunaron. Lia quiere panqueques mañana y Leo dice que los míos tienen “problemas estructurales”.

Elara sonrió sin querer.

Debajo había una fotografía.

Leo y Lia sentados juntos frente a la mesa.

El corazón se le suavizó.

Solo un instante.

—¿Son tuyos?

La voz de Lucien hizo desaparecer su sonrisa.

Elara bloqueó la pantalla demasiado tarde.

Él había visto la fotografía.

—Eso no tiene relación con Aureon.

—No pregunté por Aureon.

Los demás ya habían salido.

La puerta se cerró.

Estaban solos otra vez.

Lucien permaneció al otro lado de la mesa.

—¿Tienes hijos?

Elara apretó el teléfono.

Mentir sería inútil.

—Sí.

Lucien no se movió.

—¿Cuántos?

—Dos.

Algo cambió en su expresión.

—¿Gemelos?

Elara levantó la mirada de golpe.

—¿Cómo sabe eso?

—La fotografía.

Claro.

Los dos niños juntos.

Elara maldijo en silencio.

Lucien dio un paso alrededor de la mesa.

—¿Estás casada?

—Eso tampoco es asunto suyo.

—Entonces no.

—No saque conclusiones.

—No suelo hacerlo sin datos.

La frase le provocó un escalofrío.

Lucien siempre buscaba datos.

Fechas.

Patrones.

Explicaciones.

Y había dos fechas que jamás debía colocar juntas.

El día en que ella se marchó.

Y el día en que nacieron Leo y Lia.

Lucien la observó durante varios segundos.

Su expresión seguía siendo aparentemente tranquila, pero Elara reconoció el cambio.

Lo había visto cientos de veces durante los años en que trabajó para él.

Era la mirada que aparecía cuando algo no encajaba.

Cuando una cifra era incorrecta.

Cuando una versión de los hechos tenía una grieta.

Lucien todavía no sabía qué estaba buscando.

Pero ya había empezado a buscar.

—¿Qué edad tienen?

Elara sintió que el corazón golpeaba una sola vez.

Fuerte.

Demasiado fuerte.

—Eso no tiene nada que ver con esta negociación.

—No.

Lucien se inclinó ligeramente hacia ella.

Su voz bajó.

—Pero ahora quiero saberlo.

Elara sostuvo su mirada.

Había preparado respuestas durante cinco años.

Para el divorcio.

Para su desaparición.

Para el resentimiento.

Para todo lo que Lucien pudiera preguntarle.

Excepto eso.

Porque si le decía la edad de Leo y Lia, Lucien Ravaryn solo tendría que hacer una cosa.

Contar hacia atrás.

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