Capítulo 5 — Ese niño tiene mis ojos

—No.

La palabra salió de los labios de Elara antes de que Lucien pudiera decir nada más.

Pero él ya no la estaba mirando.

Miraba a Leo.

Cuatro años.

Casi cinco.

Veintitrés de abril.

Elara conocía demasiado bien la mente de Lucien Ravaryn.

En aquel momento estaba calculando.

Septiembre.

Octubre.

Noviembre.

Abril.

Siete meses después del divorcio.

—Elara —dijo él.

—Tengo una reunión.

Tomó la mano de Leo.

—Vamos.

—Pero mamá, acabamos de bajar —protestó Lia.

—Ustedes subirán con Clara.

La niñera pareció comprender finalmente que algo iba mal.

—Vamos, niños.

Leo no se movió.

Seguía mirando a Lucien.

Y Lucien a él.

Era insoportable.

Durante casi cinco años, Elara había conseguido convencerse de que las semejanzas eran pequeñas.

El cabello oscuro.

Los ojos.

Ciertos gestos.

La forma de fruncir el ceño cuando algo no tenía sentido.

Pero ahora, teniéndolos frente a frente, comprendió cuánto se había mentido.

Leo parecía una versión infantil de Lucien.

No idéntica.

Había rasgos de ella.

Pero suficientes.

Demasiados.

Lucien avanzó un paso.

Elara se interpuso inmediatamente.

—No.

Él la miró.

—Ni siquiera he hecho nada.

—Lo conozco.

Algo cambió en sus ojos.

—¿Todavía?

La pregunta la golpeó de una forma inesperada.

Elara endureció el rostro.

—Lo suficiente.

Lia apareció junto a ella.

—Mamá, ¿por qué estás enojada?

—No estoy enojada.

Leo respondió sin apartar los ojos de Lucien.

—Sí está enojada.

—Gracias, Leo.

Durante una fracción de segundo, Lucien casi sonrió.

Casi.

Entonces Leo levantó la ceja izquierda.

Exactamente como él.

La expresión de Lucien desapareció.

Elara lo vio.

También vio el momento en que su mirada descendió hacia las manos del niño.

Dedos largos.

La pequeña mancha de nacimiento cerca del pulgar derecho.

Lucien tenía una parecida.

Maldición.

—Suban —ordenó Elara.

Leo finalmente obedeció.

Pero al pasar junto a Lucien se detuvo.

—¿Conoces a mi mamá?

Elara cerró los ojos un segundo.

Lucien miró al niño.

Luego a ella.

—Sí.

—¿De antes?

—Leo.

—Solo pregunto.

Lucien respondió antes de que Elara pudiera detenerlo.

—De mucho antes.

Leo asintió lentamente, como si almacenara aquella información para analizarla después.

—¿Eran amigos?

Lucien miró a Elara.

Ella le lanzó una advertencia silenciosa.

No.

No te atrevas.

Lucien volvió a mirar al niño.

—Trabajábamos juntos.

Elara soltó el aire.

No era mentira.

Solo era una parte microscópica de la verdad.

—Ah.

Leo parecía decepcionado.

Lia tomó su mano.

—Vamos. Tengo hambre.

—Siempre tienes hambre.

—Porque estoy creciendo.

Clara condujo a los gemelos hacia el ascensor.

Elara esperó hasta que las puertas se cerraron.

Entonces se giró.

Lucien todavía miraba el ascensor.

—No vuelva a hacer eso.

Él tardó varios segundos en responder.

—¿Hacer qué?

—Interrogar a mis hijos.

—Le pregunté su edad.

—Después de investigar su fecha de nacimiento.

—Porque tú te negaste a decírmela.

—Eso debería haber sido suficiente.

Lucien la miró.

—No lo fue.

Elara apretó la carpeta contra el pecho.

—Mi vida privada no es asunto suyo.

—Tú hiciste que lo fuera.

—¿Yo?

—Cuando empezaste a ocultar información deliberadamente.

Elara soltó una risa incrédula.

—No tengo ninguna obligación de informarle sobre mis hijos.

Lucien se acercó.

—Eso depende.

Un frío desagradable recorrió la espalda de Elara.

—¿De qué?

Él no respondió de inmediato.

Su mirada regresó al ascensor.

—Ese niño se parece a mí.

Ahí estaba.

Elara había sabido que llegaría.

Aun así, escucharlo en voz alta hizo que el corazón le golpeara con violencia.

—Está viendo lo que quiere ver.

—No sé qué quiero ver.

La respuesta sonó tan sincera que la desarmó.

Solo un instante.

—Entonces deje de mirar.

Elara pasó junto a él.

Lucien la sujetó del brazo.

No con fuerza.

Solo lo suficiente para detenerla.

Elara bajó los ojos hacia su mano.

Él la soltó inmediatamente.

—¿Quién es el padre?

—No es asunto suyo.

—¿Está en Londres?

Elara siguió caminando.

—Elara.

No se detuvo.

—¿Estás casada?

Esta vez sí.

Giró lentamente.

—Ya investigó eso también.

Lucien no pareció avergonzado.

—No hay otro matrimonio registrado.

—Qué eficiente.

—¿Quién es el padre de los gemelos?

—Buenos días, señor Ravaryn.

—No hemos terminado.

—Yo sí.

Elara avanzó hacia la salida.

Lucien la siguió.

—¿Por qué nunca lo mencionaste?

Ella se detuvo tan bruscamente que él casi chocó con ella.

—¿Cuándo exactamente esperaba que lo mencionara?

Lucien guardó silencio.

—¿Durante nuestro divorcio?

La mandíbula de él se endureció.

—Elara—

—¿Cuando sus abogados me enviaron los documentos y usted ni siquiera quiso verme?

—Eso no fue—

—¿O después?

La rabia que Elara había enterrado durante cinco años encontró finalmente una grieta.

—¿Debía llamarlo desde Londres y decirle: “Hola, Lucien, sé que nuestra última conversación terminó con usted creyendo que vendí información de su empresa, pero quería contarle cómo va mi vida”?

—No pongas palabras en mi boca.

—No necesito hacerlo. Recuerdo perfectamente las que dijo.

Algo oscuro atravesó su expresión.

—Tú también dijiste cosas.

—Sí.

—Y te fuiste.

—Porque usted quería que me fuera.

—Firmaste el divorcio.

Elara soltó una risa amarga.

—Usted también.

Silencio.

Cinco años de resentimiento se levantaron entre ambos.

Ya no eran un CEO y una ejecutiva discutiendo una adquisición.

Eran dos personas que habían dormido en la misma cama.

Que habían prometido confiar.

Que habían acabado creyendo lo peor el uno del otro.

Elara respiró profundamente.

—Esto es exactamente lo que no voy a hacer.

—¿Qué?

—Revivir nuestro matrimonio en el vestíbulo de mi edificio.

Lucien la miró directamente.

—Entonces dime la verdad.

—¿Sobre qué?

—Sobre Leo.

Elara sintió un escalofrío.

—Tengo una reunión.

—Cancélala.

Por un segundo pensó que había oído mal.

—¿Perdón?

—Cancela la reunión.

Elara sonrió sin humor.

—Cinco años y todavía cree que puede darme órdenes.

—No estoy intentando—

—Sí, lo está haciendo.

Se acercó un paso.

—Ya no soy su asistente.

—Lo sé.

—Ya no trabajo para usted.

—También lo sé.

—Y definitivamente ya no soy su esposa.

Esta vez el golpe fue para Lucien.

Elara lo vio en sus ojos.

Pequeño.

Rápido.

Pero real.

—Lo sé —respondió él.

Mucho más bajo.

Elara apartó la mirada.

No quería sentir nada por aquello.

—Entonces compórtese como si lo supiera.

Salió del edificio.

Esta vez Lucien no la siguió.


—Está mintiendo.

Daniel dejó de escribir.

Lucien estaba sentado en el asiento trasero del coche, mirando por la ventana.

—¿Quién?

Lucien le lanzó una mirada.

Daniel levantó ambas manos.

—Pregunta innecesaria.

El coche avanzó entre el tráfico.

Lucien abrió una fotografía que Daniel había encontrado.

Era una imagen pública de un evento benéfico en Londres.

Elara aparecía al fondo.

Leo estaba en sus brazos.

Más pequeño.

Quizá tres años.

Lucien amplió la imagen.

—Necesito fotografías anteriores.

Daniel lo miró por el espejo retrovisor.

—Señor Ravaryn.

—¿Qué?

—¿Está seguro de querer hacer esto?

Lucien bajó el teléfono.

—¿Hacer qué?

—Investigar a dos niños.

—No estoy investigándolos.

Daniel arqueó una ceja.

—Técnicamente—

—Daniel.

—Entendido.

Lucien volvió a mirar la fotografía.

Leo.

Cuatro años.

Casi cinco.

Pero ya no era únicamente la semejanza física.

Era la forma de observar.

Las preguntas.

La manera en que permanecía quieto mientras procesaba información.

Lucien recordaba fotografías suyas a esa edad.

Su madre siempre decía que él nunca empezaba un juego antes de entender las reglas.

Leo había hecho exactamente lo mismo.

Había observado.

Preguntado.

Analizado.

Coincidencia.

Tenía que serlo.

—Quiero saber cuándo llegó Elara a Londres.

Daniel revisó la tableta.

—Octubre de hace cinco años.

—¿Empezó a trabajar inmediatamente?

—No. Su primer empleo registrado aparece varios meses después.

Lucien frunció el ceño.

—¿Por qué?

—No lo sé.

—Averígualo.

Daniel suspiró.

—Solo información legítimamente accesible.

—Por supuesto.

—¿Y si descubre que los niños tienen otro padre?

La pregunta cayó como una piedra.

Lucien miró por la ventana.

Elara no le pertenecía.

No desde hacía cinco años.

Tenía derecho a rehacer su vida.

A enamorarse.

A tener hijos.

A olvidarlo.

Pero imaginar a otro hombre junto a ella provocó una reacción que no estaba dispuesto a analizar.

—Me lo dices —respondió.

Daniel asintió.

El teléfono de Lucien vibró.

Un nuevo mensaje.

Una fotografía.

Lucien la abrió.

Leo aparecía de perfil durante un evento escolar.

Amplió la imagen.

Y entonces lo vio.

Detrás de la oreja izquierda del niño había una pequeña marca oscura en forma de media luna.

Lucien dejó de respirar.

Levantó lentamente una mano.

Apartó el cabello detrás de su propia oreja izquierda.

Allí estaba.

La misma marca.

Su abuelo la había tenido.

Su padre también.

Y él.

Lucien volvió a mirar la fotografía de Leo.

Por primera vez, la posibilidad dejó de parecer una coincidencia.

Y se convirtió en una pregunta que Elara ya no podría evitar durante mucho tiempo.

Porque si estaba en lo cierto, cinco años atrás no solo había perdido a su esposa.

También había perdido a sus hijos sin siquiera saber que existían.

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