Nicolás despertó en una fría habitación, sus manos todavía atadas. La iluminación apenas iluminaba el lugar, suficiente solo para revelar las grietas en las paredes y el polvo acumulado en el suelo. Sentía la garganta seca y la presión de las cuerdas alrededor de sus muñecas, que habían cortado la circulación de sus manos. Al observar alrededor, se dio cuenta de que aquel lugar no era desconocido. Era una vieja bodega donde, años atrás, había cerrado varios tratos importantes. Pero ahora, estab