El cuartel de la resistencia estaba en silencio, solo interrumpido por el leve murmullo de los equipos de monitoreo y el constante sonido de los ventiladores que mantenían el aire limpio en aquella base oculta. Helena caminaba por los pasillos oscuros y húmedos, con la cabeza llena de pensamientos. El hijo de Nicolás, un pequeño de poco más de un año, descansaba en una cuna improvisada en una de las habitaciones del cuartel. Había pasado tanto desde que Aitana murió, y Nicolás parecía sumergido