La mansión Alarcón, que alguna vez había sido símbolo de poder y riqueza, ahora se reducía a un esqueleto de lo que fue. Las llamas que habían devorado sus muros se extinguían lentamente, dejando tras de sí un paisaje devastado: columnas rotas, techos colapsados, y un aroma espeso de humo mezclado con los recuerdos de una dinastía que alguna vez gobernó la ciudad. Los bomberos, exhaustos, terminaban de apagar los últimos focos, mientras la policía acordonaba el área, impidiendo que nadie se ace