El aire en la sala de juntas principal ya no se sentía como oxígeno nitrógeno; se sentía como una red densa de impulsos eléctricos. Cuando los representantes de la ONU y del Banco Central Europeo entraron, sus rostros estaban marcados por una mezcla de arrogancia burocrática y un terror mal disimulado. Al frente de la delegación estaba Sir Alistair Vane, un hombre que Arthur Klein siempre describió como el "cancerbero de las finanzas globales".
—Señora Wetsler, señor Klein —comenzó Vane, dejand