El zumbido de los motores del Gulfstream era lo único que me anclaba a la cabina de lujo, pero incluso ese sonido empezaba a disolverse en una sinfonía de datos que no podía silenciar. A través de la ventanilla, el continente helado se extendía como un lienzo infinito de pureza y muerte, pero yo no veía solo nieve; veía los pulsos electromagnéticos de las estaciones de investigación y las rutas de los satélites caídos que aún emitían señales de socorro en la frecuencia púrpura.
Liam estaba sent