La Catedral de la Nueva Bizancio era una proeza de ingeniería desesperada. Las paredes, hechas de láminas de metal corrugado y monitores CRT apilados, vibraban con una luminiscencia verdosa. En el ábside, lo que parecía un trono estaba rodeado de una maraña de cables de fibra óptica que colgaban del techo como raíces de un sauce llorón de cristal.
—Bienvenidos al Nexo —dijo una voz que no parecía salir de una garganta, sino de un altavoz de mala calidad escondido en las vigas.
En el trono estab