La goleta se alejaba de la costa con una lentitud que, al principio, me resultó exasperante. Acostumbrada a la inmediatez de la red y a la velocidad de los antiguos jets de la Logia, la dependencia del viento se sentía como una regresión física. Pero a medida que la línea de la tierra se convertía en un trazo borroso de color pardo, una extraña calma empezó a filtrarse en mis huesos.
—Marta, deja de mirar hacia atrás —dijo Liam, acercándose a la borda con dos cuencos de caldo humeante. Sus mano