El cielo se había vuelto de un color verde enfermizo antes de que el primer trueno sacudiera la madera de la Seda del Mar. No fue una tormenta común; fue un muro de agua y viento que convirtió el horizonte en una licuadora de espuma y oscuridad. El capitán gritaba órdenes que el vendaval devoraba, mientras Liam y Marcus se amarraban a los mástiles para evitar ser barridos hacia el abismo líquido.
—¡Arriad el foque! —rugió Liam, luchando contra una lona que golpeaba con la fuerza de un látigo—.