El aire dentro de la catedral de contenedores se volvió sólido, una masa de estática que hacía que el cabello se erizara y la piel escociera como si miles de agujas invisibles la atravesaran. El avatar de mi madre en las pantallas comenzó a fragmentarse; sus rasgos se derretían en cascadas de píxeles verdes y dorados, gritando en una frecuencia que solo yo podía oír.
—¡Detente, Marta! —la voz del Archivo 0 era ahora un estruendo de mil voces distorsionadas—. ¡Estás borrando la única parte de el