El amanecer en la costa de Cádiz no trajo el alivio del calor, sino una luz pálida que revelaba la cicatriz de una civilización interrumpida. Caminábamos por la arena seca, con la ropa aún rígida por la sal del Mediterráneo, buscando una salida del acantilado que no nos expusiera a las patrullas que, según Marcus, vigilaban las carreteras principales. España, despojada de su red eléctrica y su conectividad constante, se había fragmentado en comunidades aisladas, y Andalucía se había convertido