El Argos, un pesquero desvencijado con el casco oxidado y un persistente olor a gasóleo barato y escamas podridas, crujía bajo nuestros pies mientras nos alejábamos de la costa africana. Atrás quedaba el resplandor naranja del incendio en la bodega de Omar, una pira que marcaba el fin de nuestro tiempo en Marruecos y el inicio de una orfandad absoluta. Ya no había drones sobrevolando, ni señales de radio interceptadas. Delante, el Mediterráneo se extendía como una boca negra, hambrienta y profu