El estruendo de la explosión en la superficie hizo que el techo del túnel de alcantarillado vibrara, desprendiendo una lluvia de polvo y cascotes sobre nuestras cabezas. Simón el Panadero había cumplido su palabra: el polvo de harina, en suspensión y bajo presión, se había convertido en un arma devastadora contra los soldados de la Logia. Pero el sacrificio de su santuario era el precio de nuestra huida.
—No se detengan —dijo Liam, cuya voz sonaba hueca y distorsionada por el eco de los muros d