El aire dentro de la pirámide de obsidiana no era frío; era denso, saturado de una electricidad estática que hacía que el vello de mis brazos se erizara y mis sienes pulsaran con un ritmo violento. Descendimos por una rampa de cristal translúcido que se hundía cientos de metros bajo el permafrost, hasta llegar a una cámara esférica iluminada por un núcleo de luz violeta que palpitaba como un corazón expuesto. En el centro, suspendida en un campo de levitación magnética, estaba la esfera del Rem