El rugido del helicóptero hizo vibrar los muros de piedra milenaria del Monasterio de San Judas. El polvo acumulado en los pasillos se levantó en una danza frenética, y el monje anciano que nos había recibido desapareció entre las sombras del claustro con una agilidad impropia de su edad. Me quedé mirando a mi madre, Elena, cuya presencia seguía pareciéndome un espejismo cruel, mientras Liam se acercaba a la ventana de la celda, apartando la cortina con la mano derecha mientras la izquierda ya