El ascenso por las carreteras sinuosas de los Pirineos se sentía como un viaje al pasado. El asfalto cedió ante la grava, y el rugido del motor de nuestro todoterreno era lo único que rompía el silencio sepulcral de los picos nevados. A mi lado, Liam permanecía en un silencio tenso, con la mirada fija en el GPS que Marcus operaba desde el asiento del copiloto. El punto de calor que indicaba el acceso al fondo de reserva parpadeaba con una insistencia macabra, justo sobre las coordenadas de un a