Calvin Monteverde
Seguimos avanzando calle arriba, las luces de los autos reflejándose en los charcos de agua sucia que cubrían el asfalto agrietado. Y entonces, unas calles más adelante, lo vi: un joven tambaleándose frente a un edificio descuidado. Llevaba ropa desaliñada, y su cabello castaño oscuro estaba revuelto como si hubiera estado tirado en algún callejón. Se sostenía apenas de un poste mientras miraba hacia uno de los pisos superiores.
—¡Cindy! —gritó con una voz ronca y quebrada, c