El sol ya llevaba un buen rato trepado en el cielo, cuando la luz dorada entró a raudales por las ventanas abiertas de la habitación, las cortinas, finas y translúcidas, se mecían suavemente con la brisa tibia de la mañana, trayendo consigo el inconfundible aroma de los viñedos, ese aroma dulce, verde y un poco terroso, como una promesa de verano temprano, tan diferente a como olía Paris.
Amir estaba sentado al borde de la cama, llevaba un buen tiempo allí, pues el rugir del automóvil de su pad