La pregunta de Aiden quedó suspendida en el aire, frágil, temblorosa, como una plegaria que nadie había querido escuchar jamás.
La sangre continuaba deslizándose por su pecho, tibia, pesada, viva. Aiden intentó incorporarse, pero su cuerpo no le obedeció. La presión invisible que lo mantenía inmóvil no era física: era lunar, antigua, tejida con un poder que conocía demasiado bien y que, sin embargo, no le pertenecía en ese instante.
—Paris… —repitió, con la voz rota—. ¿Qué estás haciendo?
La fi