—Entonces no hay más que hablar —dijo Gray con una voz suave pero firme, como si estuviera sellando un pacto inquebrantable. Sus manos, que antes habían dudado, ahora se afirmaron en la cintura de Alicia, tirándola suavemente hacia él hasta que no quedaba ni un centímetro de aire entre sus cuerpos.
Alicia levantó la vista, sus ojos anegados en lágrimas que no eran de tristeza, sino de una felicidad tan abrumadora que dolía. El temor a perderlo, a que este momento fuera un sueño del que desperta