La noche avanzaba con una lentitud insoportable, como si incluso el tiempo se negara a acelerar el momento que estaba por nacer. La luna, aún incompleta, ascendía poco a poco por el cielo, pálida, expectante, acercándose a su punto máximo con la paciencia cruel de quien sabe que será testigo de un sacrilegio o de una coronación.
En la habitación principal de la mansión Storm, Scarleth se movía con precisión ritual. Había despojado el cuerpo de Aiden de toda prenda, colocándolo en el centro de la estancia sobre un lecho trazado con símbolos antiguos.
No eran runas modernas ni hechizos adaptados a esta era; eran marcas anteriores a los clanes, anteriores incluso a los pactos que habían dado origen a la familia White. El aire estaba cargado de un aroma metálico y lunar, una mezcla de sangre seca, incienso y magia negra.
Aiden respiraba con dificultad. Su pecho subía y bajaba de forma irregular, como si su cuerpo supiera que algo irreversible estaba a punto de ocurrir, aunque su mente aún