Elowen cerró su computadora con un movimiento seco y soltó un largo suspiro que pareció vaciarle los pulmones. El silencio en el piso de presidencia era absoluto, roto solo por el zumbido lejano del aire acondicionado. Eran casi las once de la noche.
Se puso su abrigo de lana, tomó su bolso de diseñador y caminó con paso cansado hacia los ascensores. Justo cuando estiró la mano para presionar el botón de llamada, un chasquido eléctrico y seco resonó en todo el piso, como si algo se hubiera queb