Las primeras doce horas fueron una mezcla de adrenalina, sudor y negación. Killian golpeó la pared de escombros con una viga de metal pesada, una y otra vez, hasta que sus manos empezaron a sangrar y los músculos de su espalda se entumecieron por el esfuerzo. Mientras tanto, Elowen intentaba sintonizar la radio de emergencia con los dedos temblorosos, pero solo obtenía un ruido blanco y una estática que le taladraba los oídos. Sin embargo, cuando la realidad de que estaban enterrados vivos bajo