El sonido metálico de las perforadoras hidráulicas rompió finalmente la última capa de roca. Fue un estruendo seco que marcó el fin de la agonía. De inmediato, una luz blanca, cegadora y artificial inundó la pequeña cabina de control de la mina San Lorenzo, hiriendo los ojos de los rescatistas que apenas podían ver entre tanto polvo. Allí, en un rincón, envueltos en la manta térmica plateada que brillaba bajo las linternas, encontraron dos cuerpos inmóviles. Estaban cubiertos de una capa gris d