—¡Dame una explicación ahora mismo, Arthur! ¡No te quedes ahí como un idiota! —el grito de Beatrix desgarró el aire viciado del salón, rebotando en las paredes de mármol como un latigazo que buscaba sangre.
Lanzó su bolso de seda sobre la mesa de centro con tanta furia que el golpe sonó como un disparo en mitad de la noche, haciendo vibrar los adornos de cristal. Arthur no se movió ni un milímetro. Seguía de pie frente a la chimenea apagada, con los hombros tan hundidos que parecía haber enveje