El aire en el despacho de Arthur estaba viciado, cargado del olor a tabaco viejo y a fracaso. Killian cerró la puerta con un golpe seco, bloqueando el ruido de los gritos de Beatrix que aún resonaban en el pasillo. No iba a dejar que Arthur se escondiera más tras su silencio.
Arthur se desplomó en su enorme sillón de cuero, luciendo como un hombre al que finalmente le han quitado los puntales que sostenían un edificio en ruinas. Se veía pequeño, con la piel grisácea bajo la luz de la lámpara de