Alaric no se marchó. A pesar de que sus asesores en Suiza estarían escandalizados de verlo sentado en un banco público de una zona periférica, él se quedó allí. Se mantuvo en el extremo del banco de madera vieja, dejando que los minutos pasaran en un silencio absoluto. Sabía que Elowen necesitaba ese tiempo; a veces, cuando el mundo se desploma, lo último que uno quiere es escuchar palabras de consuelo que suenan vacías. Él se convirtió simplemente en una presencia sólida a su lado, un muro de