Alaric Valkirion cruzó las puertas de cristal de la clínica y se detuvo en seco. El cambio de ambiente fue violento y desagradable. El aire acondicionado, cargado con ese olor aséptico a alcohol y enfermedad que tanto detestaba desde la muerte de sus padres, le golpeó el rostro como una bofetada fría. Sin embargo, lo que realmente detuvo su corazón y congeló sus movimientos no fue la temperatura ni el olor, sino la figura que apareció en el pasillo central de consultas.
Era una mujer joven, cas