Lyam
La noche había caído por completo y el fuego crepitaba en el claro del bosque, proyectando sombras danzantes sobre los troncos y las figuras reunidas alrededor. Las jóvenes, ya aseadas y vestidas con ropas limpias que los centinelas habían traído de sus pertrechos, comían con avidez, como si cada bocado fuera el primero después de semanas de hambre. Lyam se mantenía en silencio, observando con atención cada gesto, cada mirada tímida que se cruzaba entre ellas. El olor a carne recién asada