El salón Hammond había alcanzado ese punto exacto en el que una fiesta deja de ser un evento y se convierte en un ecosistema.
La música seguía fluyendo baja, elegante, casi hipnótica, pero debajo de ella había otro ritmo: el murmullo constante de conversaciones, risas calculadas, copas que chocaban suavemente. El aire estaba tibio por la cantidad de cuerpos y por el perfume caro que se mezclaba sin pudor. Todo brillaba. El mármol. El cristal. La piel.
Y, aun así, Anfisa seguía siendo lo primero