Thomas la condujo fuera de la pista sin prisa, sin brusquedad. No la soltó. Su mano permaneció firme en la suya, guiándola entre cuerpos y telas como si nada hubiera ocurrido, como si ese gesto hubiera sido parte del baile desde el inicio. Nadie se atrevió a interponerse.
Ella no dijo una palabra.
No hacía falta.
El salón no se detuvo.
La música siguió, las luces continuaron rozando el mármol y el cristal, pero algo en el aire se tensó, casi imperceptible, como cuando una cuerda se estira demas