Thomas la condujo fuera de la pista sin prisa, sin brusquedad. No la soltó. Su mano permaneció firme en la suya, guiándola entre cuerpos y telas como si nada hubiera ocurrido, como si ese gesto hubiera sido parte del baile desde el inicio. Nadie se atrevió a interponerse.
Ella no dijo una palabra.
No hacía falta.
El salón no se detuvo.
La música siguió, las luces continuaron rozando el mármol y el cristal, pero algo en el aire se tensó, casi imperceptible, como cuando una cuerda se estira demasiado y todos sienten que algo está a punto de romperse.
William no apartó la mirada.
Desde el centro de la pista, vio cómo Thomas se la llevaba sin esfuerzo, sin prisa, sin necesidad de explicarse ante nadie. Vio la forma en que la mano de Anfisa permanecía atrapada en la de él, cómo no opuso resistencia, cómo no miró atrás. El gesto había sido limpio. Elegante. Humillante.
Su mandíbula se endureció apenas.
No era rabia abierta. Era otra cosa. Una grieta fina en el control, un desagrado que no e