Lauren ajustó el último broche con la yema de los dedos, inclinándose apenas para observar cómo el vestido terminaba de asentarse sobre el cuerpo de Anfisa.
“No te muevas”, murmuró. “Esto es lo último”.
Anfisa obedeció sin siquiera cuestionar.
El vestido no era simplemente negro. De cerca, la tela parecía pulida con polvo de ónix, como si miles de cristales oscuros estuvieran incrustados en la superficie. No brillaba de forma escandalosa; destellaba solo cuando la luz lo rozaba, profundo, elegante, caro. Un negro que no absorbía la mirada, la retenía.
Lauren se apartó un paso.
El escote caía con precisión calculada, dejando ver la curva natural de los senos sin forzarlo, como si el vestido entendiera exactamente hasta dónde mostrar y dónde detenerse. La cintura estaba ceñida, marcada con una línea firme que afinaba su silueta, y desde ahí la falda descendía suavemente, rozando las caderas antes de caer recta hasta los tobillos, insinuando las piernas al caminar más que al estar quieta