La tarde se había vuelto opaca, como si el sol también hubiese decidido retirarse en silencio.
Todos estaban sentados ahora, pero la calma era solo una ilusión. Anfisa permanecía junto a su tía en el sofá, sosteniéndole la mano con fuerza, como si fuera ella quien temía que Larissa se quebrara. Thomas estaba en pie, a pocos pasos, con las manos detrás de la espalda, el gesto imperturbable, aunque su sombra parecía más alargada que nunca bajo la luz de la lámpara encendida.
Henry, siempre en