CAPITULO LXI
La tarde se había vuelto opaca, como si el sol también hubiese decidido retirarse en silencio.

Todos estaban sentados ahora, pero la calma era solo una ilusión. Anfisa permanecía junto a su tía en el sofá, sosteniéndole la mano con fuerza, como si fuera ella quien temía que Larissa se quebrara. Thomas estaba en pie, a pocos pasos, con las manos detrás de la espalda, el gesto imperturbable, aunque su sombra parecía más alargada que nunca bajo la luz de la lámpara encendida.

Henry, siempre en
Ivette Diaz

estas náuseas me van a matar. ayudaaa

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Xenia PoloPara las náuseas galleta salada seca
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