Habían pasado varios días desde aquella tarde en el jardín, y desde entonces Larissa y Anfisa se habían vuelto casi inseparables. Como si no quisieran —o no pudieran— dejar de estar juntas ni un instante. Caminaban por los pasillos de la mansión, recorrían el jardín, compartían desayunos y tardes enteras en la biblioteca o en la terraza, siempre lado a lado, como dos sombras.
Anfisa no parecía querer separarse de su tía, y Larissa tampoco la dejaba. A veces, entre risas suaves o conversaciones