3 | El despertar de la Luna Blanca

POV EVIE

Cinco años después...

El sol se filtraba entre las copas de los árboles del Valle de la Niebla, un territorio neutral lejos de las garras de la Manada Blood-Crag. Aquí, el aire no olía a traición, sino a pino fresco y a la libertad que tanto me había costado conseguir.

—¡Mamá, mira! ¡Félix me está ganando otra vez! —el grito de Cyra rompió el silencio de la mañana.

Me giré, apoyada en el umbral de nuestra pequeña cabaña de madera, y una sonrisa involuntaria iluminó mi rostro. Verlos correr era ver mi propio milagro repetirse cada día. Félix, apenas unos minutos mayor, corría con una zancada potente, su pequeño cuerpo ya mostraba la promesa de los músculos que algún día tendría. Su cabello oscuro y revoltoso brillaba bajo el sol, pero eran sus ojos lo que siempre me cortaba el aliento: un gris tormentoso, idéntico al del hombre que nos había desechado como basura.

A su lado, Cyra era un torbellino de energía. Aunque era más menuda que su hermano, tenía una agilidad sobrenatural. Sus ojos azules, heredados de mi linaje oculto, centelleaban con una inteligencia que a veces me asustaba.

—¡No es justo! —se quejó Cyra, deteniéndose en seco y cruzándose de brazos—. Él usa sus pies de lobo y yo todavía no puedo.

—Solo te falta práctica, Cyra —dijo Félix, deteniéndose y acercándose a ella con un aire protector que me recordaba demasiado a la jerarquía de los Alfas—. Además, mamá dice que tu loba es especial.

Me acerqué a ellos y me puse de cuclillas para quedar a su altura. Félix ya empezaba a mostrar esa aura de mando que hacía que otros niños de los alrededores le hicieran caso sin cuestionar. Él era la viva imagen de Lysander, una copia en miniatura que me recordaba cada noche el dolor de mi pasado, pero que amaba con una intensidad que quemaba.

—Félix tiene razón, mi pequeña luna —dije, apartando un mechón de cabello de la cara de Cyra—. Cada uno tiene su tiempo. Ahora, entren a lavarse las manos, el desayuno está listo.

Mientras los veía entrar atropelladamente a la cabaña, mi expresión se volvió seria. En estos cinco años, yo ya no era la Evie que lloraba en los rincones. Mi loba, a la que llamaba Silver, había despertado apenas tres meses después de mi huida. No era una loba gris común; era una Loba Blanca de las leyendas, una criatura de poder antiguo que me había permitido sobrevivir en las Tierras de Nadie y ganarme el respeto de los lobos solitarios de la región.

Había aprendido a luchar, a cazar y, sobre todo, a ocultar mi rastro. Había trabajado como rastreadora y mercenaria para mantener a mis hijos, forjando una reputación bajo el nombre de "La Sombra Blanca". Nadie sabía de dónde venía, y yo prefería que siguiera así.

Sin embargo, la paz era un lujo que estaba a punto de terminarse.

Esa tarde, mientras Félix y Cyra dormían la siesta, recibí una visita que cambió todo. Caleb, un viejo lobo que servía como mi informante en los territorios del norte, llegó a mi puerta con el rostro pálido y el aliento entrecortado.

—Evie... ha pasado —dijo, dejándose caer en un taburete.

—¿Qué pasa, Caleb? ¿Es la Manada Blood-Crag? —mi voz salió gélida, profesional.

—La enfermedad de la Piedra Negra está diezmando a los cachorros del norte. Y Roseanne... ella no ha podido darle un heredero a Lysander. La manada está inquieta. Dicen que la Diosa Luna los ha maldecido porque su unión no es bendecida.

Sentí un escalofrío. Sabía por qué Roseanne no podía concebir; el lobo de Lysander nunca la aceptaría realmente porque yo seguía viva. El vínculo de mate era absoluto, y aunque él me hubiera rechazado, su parte animal sabía que su verdadera mitad estaba en algún lugar del mundo.

—¿Y qué tiene eso que ver con nosotros? —pregunté, endureciendo el corazón.

—Lysander ha puesto precio a la cabeza de cualquier curandero o rastreador que pueda ayudar. Y Roseanne... Roseanne ha enloquecido. Ha empezado a purgar a cualquiera que mencione tu nombre o el hecho de que podrías haber sobrevivido al río. Pero eso no es lo peor.

Caleb me miró con lástima, y supe que lo que diría a continuación me obligaría a desenterrar mis hachas de guerra.

—Han atacado el orfanato de la frontera donde solías dejar suministros. Están buscando a niños con sangre Alfa que no pertenezcan a ninguna manada oficial. Lysander quiere un heredero a toda costa, y Roseanne quiere eliminar cualquier amenaza antes de que él la encuentre. Están cerca, Evie. Sus patrullas han sido vistas a menos de un día de este valle.

La furia que había mantenido bajo control durante media década estalló en mi pecho. Silver, mi loba, gruñó en mi mente, exigiendo sangre. No me importaba lo que Lysander hiciera con su vida o con su manada, pero si ponía un pie cerca de mis hijos, le enseñaría por qué nunca debió subestimar a la mujer que llamó débil.

—No pueden encontrarnos aquí —susurré, más para mí que para Caleb.

—Ya es tarde para esconderse —respondió él—. Alguien en el pueblo cercano habló de "la mujer de los niños de ojos grises". Si no te mueves ahora, mañana al amanecer los guerreros de Lysander estarán rodeando esta cabaña.

Me levanté y empecé a moverme con una eficiencia letal. Empacé lo esencial: mudas de ropa, medicinas y dagas de plata que había aprendido a usar con maestría.

—Mamá, ¿a dónde vamos? —la voz de Félix me detuvo. Estaba de pie en la puerta del dormitorio, frotándose un ojo, pero con el otro observando mis movimientos con una madurez impropia de su edad.

—Vamos de viaje, pequeño —dije, tratando de suavizar mi tono—. Es un juego nuevo. Tenemos que ser sombras, ¿recuerdas? Nadie puede vernos ni oírnos.

Félix asintió solemnemente y fue a despertar a Cyra. Él sabía que algo iba mal. Tenía el instinto de protección de su padre, ese que Lysander nunca usó conmigo pero que en Félix era puro.

Salimos de la cabaña justo cuando la luna empezaba a subir en el cielo. El bosque estaba extrañamente silencioso, una señal de que los depredadores estaban cerca. Nos movimos por los senderos más difíciles, aquellos que solo un lobo con sentidos potenciados podría seguir. Yo cargaba a Cyra en mi espalda mientras Félix corría a mi lado, manteniendo el ritmo sin una sola queja.

Horas después, cuando estábamos cerca de cruzar hacia un territorio más seguro, el viento cambió. Un olor pesado, metálico y cargado de autoridad inundó mis fosas nasales. Se me heló la sangre. Conocía ese olor. Lo había soñado mil veces en mis pesadillas y lo había añorado en mis noches más solitarias.

Bosque húmedo y tormenta. Lysander.

—¡Al suelo! —susurré, empujando a los niños detrás de una formación rocosa cubierta de musgo.

A menos de cincuenta metros, un grupo de cinco lobos enormes emergió de la espesura. En el centro, caminando en su forma humana pero con una potencia que hacía vibrar el suelo, estaba él.

Lysander se veía más viejo, pero también más peligroso. Su rostro estaba marcado por una dureza que no recordaba, y sus ojos grises escudriñaban la oscuridad con una urgencia maníaca. Se detuvo justo en el lugar donde habíamos estado hace diez minutos.

—Está aquí —dijo Lysander, y su voz, esa voz que una vez me llamó "carga", hizo que mi loba aullara de rabia—. Siento su aroma. No es solo el rastro de una fugitiva... es algo más.

—Señor, Roseanne dice que debemos quemar esta zona y regresar —dijo uno de sus guerreros.

Lysander lo tomó del cuello de la camisa con una velocidad cegadora.

—No me importa lo que diga Roseanne. Hay algo en este bosque que me pertenece. Lo siento en mi sangre. Ese aroma... es el de ella. Es el de Evie.

Mi corazón se detuvo. Cyra, asustada por la tensión, se movió ligeramente, y una pequeña rama crujió bajo su pie.

En el silencio absoluto de la noche, el sonido fue como un disparo.

Lysander giró la cabeza hacia nuestra dirección. Sus ojos se clavaron en la roca donde estábamos escondidos. Pude ver cómo sus pupilas se dilataban, cómo su instinto de Alfa detectaba no solo mi presencia, sino la esencia de su propia sangre latiendo en los corazones de Félix y Cyra.

—¿Quién está ahí? —rugió él, dando un paso hacia nosotros—. ¡Muestra tu cara!

Apreté los mangos de mis dagas. Sabía que si me quedaba allí, nos encontraría. Si corría, nos cazaría. Miré a mis hijos. Félix me miró con determinación, sus pequeños puños apretados, listo para pelear por mí. En ese momento, comprendí que el tiempo de huir se había acabado.

Si Lysander quería encontrar a lo que le pertenecía, se iba a encontrar con algo mucho más grande de lo que podía manejar.

—Quédense aquí —les ordené a los niños en el susurro más bajo posible—. No salgan, pase lo que pase.

Me puse de pie y salí de las sombras, caminando hacia la luz de la luna. Cuando Lysander me vio, se detuvo en seco. El tiempo pareció congelarse. Por un segundo, vi al hombre que amé, pero rápidamente esa imagen fue reemplazada por la del Alfa que me rechazó.

—Hola, Lysander —dije, mi voz sonando como el acero chocando contra el hielo—. Has crecido mucho en estos años. Lástima que tu sabiduría no haya hecho lo mismo.

Él dio un paso, con el rostro desencajado por una mezcla de shock, alivio y una furia posesiva que me dio asco. Pero antes de que pudiera decir una palabra, Félix, desobedeciendo mis órdenes, salió de detrás de la roca y se puso delante de mí, gruñendo a Lysander con los ojos grises encendidos.

—¡No toques a mi mamá! —gritó el niño.

Vi el momento exacto en que el mundo de Lysander se detuvo. Miró al niño, miró mis ojos, y luego volvió a mirar a Félix. El color desapareció de su rostro mientras la verdad lo golpeaba con la fuerza de un alud.

—Evie... —susurró, con la voz rota—. ¿Qué... qué es esto?

—Esto, Alfa Lysander —dije, poniendo una mano sobre el hombro de mi hijo—, es la consecuencia de tu rechazo. Conoce a Félix. El hijo que decidiste que no merecía nacer.

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