Mundo ficciónIniciar sesiónPOV EVIE
La mañana en la mansión Blood-Crag no trajo paz, sino una atmósfera cargada de pólvora. Me desperté antes de que el sol terminara de asomar por las montañas, sintiendo el peso de la camisa de Lysander sobre mi piel. Él ya no estaba en el sofá. Las sábanas del mueble estaban perfectamente dobladas, pero su aroma a tormenta seguía flotando en el aire, recordándome que nuestra tregua era tan frágil como el cristal.
Me puse en pie, ignorando el dolor punzante en mis músculos. Mi primera parada fue la enfermería. Al entrar, mi corazón recuperó su ritmo normal: Cyra estaba sentada en la cama, bebiendo un caldo caliente mientras Félix le contaba una historia con gestos exagerados.
—¡Mamá! —Cyra estiró sus bracitos hacia mí. Su piel ya no estaba azulada, y sus ojos brillaban con la claridad del cielo tras la lluvia.
—Estás bien, mi vida —susurré, abrazándola con una fuerza que me hizo flaquear.
—El Alfa estuvo aquí —dijo Félix, con una nota de sospecha en su voz infantil—. Trajo estas flores y se quedó mirando a Cyra un buen rato. No dijo nada, pero sus ojos estaban... raros. Como si tuviera ganas de llorar.
Me quedé en silencio. Lysander, el hombre que una vez despreció mi vientre, ahora buscaba redención en el rostro de una niña que apenas conocía.
—Prepárense —les dije, tratando de sonar firme—. Hoy la manada quiere conocer a los hijos del Alfa. No tengan miedo. Ustedes son más fuertes que cualquiera de los lobos que verán ahí fuera. Ustedes son hijos de la Luna Blanca.
Dos horas después, las puertas del Gran Salón se abrieron. El lugar estaba abarrotado. Cientos de lobos, desde los guerreros de élite hasta los ancianos del consejo, se habían reunido para presenciar lo que muchos consideraban un milagro o una maldición.
Lysander me esperaba al inicio del pasillo central. Vestía su uniforme de gala negro con detalles plateados, luciendo cada pulgada como el monarca absoluto que era. A su lado, Roseanne intentaba mantener una fachada de dignidad, pero el maquillaje no lograba ocultar las marcas moradas que mis dedos habían dejado en su cuello la noche anterior. Su mirada era una mezcla de odio puro y un terror que intentaba camuflar con arrogancia.
—Evie —Lysander extendió su mano hacia mí.
La ignoré por completo. Caminé con la cabeza en alto, sosteniendo las manos de mis hijos. Félix caminaba a mi izquierda, con el mentón levantado y la mirada fija al frente, una copia perfecta del porte de su padre. Cyra, a mi derecha, caminaba con una gracia etérea, su presencia irradiando una luz que parecía calmar el aire a su alrededor.
El murmullo de la multitud se extinguió. El silencio fue absoluto mientras subíamos al estrado.
—Miembros de Blood-Crag —la voz de Lysander retumbó, llenando cada rincón del salón—. Hace cinco años, cometí un error que casi nos cuesta el futuro. Rechacé a mi verdadera compañera y, con ella, la bendición de nuestra estirpe. Pero la Diosa Luna ha sido clemente.
Lysander puso una mano sobre el hombro de Félix. El niño se tensó, pero no se apartó.
—Les presento a Félix y Cyra. Mi sangre. Mis herederos. Los futuros líderes de esta manada. Y a su madre, Evie, quien ha regresado no como una protegida, sino como la verdadera Luna que esta tierra necesita.
Un estallido de gritos, aullidos y aplausos sacudió el salón. Muchos lobos se arrodillaron de inmediato, reconociendo el aura que emanaba de los niños. Pero en medio de la celebración, Roseanne dio un paso adelante, su voz cortando el júbilo como un cuchillo oxidado.
—¡Basta de mentiras! —gritó Roseanne, señalando a los niños con un dedo tembloroso—. ¡Esta mujer se fue de aquí sin loba! ¡Es imposible que haya dado a luz a herederos de sangre pura! Lysander, estás cegado por la nostalgia. Cualquiera puede ver que esto es un plan para usurpar mi lugar. ¡Exijo la Prueba de la Sangre Sagrada!
El salón volvió a quedar en silencio. La Prueba de la Sangre Sagrada era un ritual antiguo. Si la sangre de los niños se vertía sobre el Altar de la Luna y no brillaba con el fuego del Alfa, serían ejecutados por impostores, y su madre con ellos.
—Roseanne, detente —advirtió Lysander, su voz bajando a un tono peligroso—. No tientes a tu suerte.
—¿De qué tienes miedo, Alfa? —desafió Roseanne, mirando a los ancianos del consejo—. Si son tus hijos, la piedra brillará. Si no... habrás traído bastardos a nuestro altar sagrado.
Los ancianos asintieron. No había vuelta atrás. La ley de la manada era clara.
Me acerqué al altar de piedra fría. Lysander intentó detenerme, pero lo aparté con una mirada. No le temía a su ritual. Sabía lo que corría por las venas de mis hijos.
—Háganlo —dije, mirando fijamente a Roseanne.
El anciano mayor se acercó con una pequeña daga de obsidiana. Tomó la mano de Félix, quien ni siquiera parpadeó cuando el filo rozó su dedo. Una sola gota de sangre cayó sobre la superficie de la piedra oscura. Por un segundo, no pasó nada. Roseanne empezó a sonreír, una expresión de triunfo psicópata.
Pero entonces, la piedra no solo brilló; estalló en una luz plateada tan intensa que obligó a los presentes a cubrirse los ojos. No era solo el brillo de un Alfa común. Era el resplandor de una línea de sangre pura y antigua que no se había visto en siglos.
—Es... es sangre real —susurró el anciano, cayendo de rodillas.
Roseanne retrocedió, tropezando con su propio vestido. Su plan se desmoronaba frente a sus ojos. Pero yo no había terminado.
—Ahora, que se pruebe la intención —dije, mi voz amplificada por Silver, mi loba—. Porque una verdadera Luna protege a su manada, pero una impostora intenta envenenar a sus propios sobrinos.
Saqué de entre los pliegues de mi ropa el frasco de líquido plateado que Caleb, mi informante, me había entregado esa misma mañana tras interceptar a uno de los criados de Roseanne.
—¿Qué es esto, Roseanne? —pregunté, acercándome a ella mientras mi aura de Loba Blanca se expandía, haciendo que el aire en el salón se volviera pesado y difícil de respirar—. Es veneno de plata pura. El mismo que casi mata a Cyra ayer. El mismo que tus hombres usaron en el bosque.
—¡Es mentira! —chilló ella, buscando apoyo en la multitud, pero solo encontró rostros llenos de duda y creciente furia.
—¡Registren sus aposentos! —ordenó Lysander, su paciencia finalmente agotada.
Varios guerreros salieron disparados. Roseanne intentó huir, pero Lysander la tomó del brazo con una fuerza que la hizo gritar. Segundos después, los guerreros regresaron con un cofre oculto bajo su cama: contenía más veneno y las órdenes firmadas para los mercenarios de la frontera.
La traición estaba al descubierto. El salón estalló en un rugido de indignación. Los lobos que hace cinco años se rieron de mi rechazo, ahora pedían la cabeza de Roseanne.
—¡Traición! ¡Muerte a la falsa Luna! —gritaban.
Lysander miró a Roseanne con un desprecio que me recordó al que una vez sintió por mí, pero mil veces más oscuro. —Roseanne de la Manada Blood-Crag... por intentar asesinar a los herederos y conspirar con enemigos... quedas despojada de tu rango.
—¡No puedes hacerme esto! —gritó ella mientras los guardias la arrastraban—. ¡Soy tu esposa!
—Nunca lo fuiste —sentenció Lysander—. Guardias, llévenla a las celdas de alta seguridad. Será juzgada al amanecer.
Mientras se llevaban a Roseanne, ella me lanzó una última mirada. No era una mirada de derrota, sino de una promesa sangrienta. Sabía que ella no trabajaba sola; Roseanne era solo el peón de alguien mucho más poderoso que aún estaba en las sombras.
Lysander se giró hacia mí. El salón seguía vibrando con la emoción del descubrimiento. Él se arrodilló frente a mí, ignorando su corona, ignorando su estatus.
—Evie... —dijo, tomando mi mano frente a todos—. Sé que no merezco tu perdón. Pero hoy, frente a mi pueblo, te pido que te quedes. No como una invitada, sino como la Gran Luna. Ayúdame a proteger lo que tú misma creaste.
Miré a Félix y a Cyra. Vi la esperanza en los ojos de los lobos que alguna vez me despreciaron. Y luego miré a Lysander. El odio seguía ahí, pero también una verdad innegable: para destruir a los enemigos que aún acechaban a mis hijos, necesitaba el poder de Blood-Crag.
—Me quedaré —dije, y el salón estalló en aullidos de triunfo—. Pero que quede claro, Lysander: me quedo por mis hijos y por la manada. No por ti. Tendrás que ganar cada centímetro de mi confianza, y el camino será largo.
Él asintió, con una mezcla de dolor y determinación. —Tengo toda la vida, Evie.
Lo que Lysander no sabía es que esa misma noche, un mensajero cruzaba la frontera norte con una noticia para la manada enemiga, los Vancroft: la Loba Blanca había regresado y los herederos estaban vulnerables.
La guerra por el trono apenas estaba calentando sus motores. Tenía más por delante para descubrir quién era el verdadero enemigo, y para decidir si Lysander era un hombre digno de amor, o simplemente un Alfa más al que debía superar.







