2 | El rastro de las lágrimas

POV EVIE

El frío de la noche calaba hasta los huesos, pero no era nada comparado con el vacío glacial que se había instalado en mi pecho. Corría. Mis pies, calzados apenas con unas finas zapatillas de tela, golpeaban el suelo húmedo del bosque Blood-Crag, tropezando con raíces y piedras afiladas. El vestido blanco, que horas antes era el símbolo de mis ilusiones, ahora colgaba de mi cuerpo como un sudario, manchado de lodo y desgarrado por las zarzas.

Cada paso era una agonía. El vínculo roto con Lysander se sentía como una herida abierta que supuraba oscuridad. En el mundo de los licántropos, el rechazo de un mate no era solo un insulto social; era una mutilación del alma. Sentía como si me hubieran arrancado una extremidad sin anestesia. El dolor irradiaba desde mi esternón hacia cada terminación nerviosa, haciéndome jadear por un aire que parecía no querer llenar mis pulmones.

—No llores —me ordené a mí misma, aunque el sollozo que escapó de mi garganta me traicionó—. No llores por alguien que te cambió por un título y una guerrera.

Me detuve un segundo para recuperar el aliento, apoyándome contra el tronco rugoso de un roble milenario. Me llevé la mano al vientre de forma instintiva. Allí, en ese refugio de carne y hueso, el latido era casi imperceptible, pero para mí era más fuerte que los tambores de guerra de la manada.

—Estamos solos —susurré, y el eco de mi voz se perdió entre las sombras de los árboles—. Solo somos nosotros ahora.

De repente, un crujido de ramas rotas me puso en alerta. Mis sentidos, aunque mermados por la falta de una loba despierta, se agudizaron por el miedo. Un aroma familiar y empalagoso inundó el aire: perfume de rosas y el olor metálico de una loba sedienta de sangre.

—¿Pensabas que te irías así de fácil, hermanita?

Roseanne emergió de entre las sombras. No estaba transformada, pero sus ojos brillaban con un fulgor amarillento, señal de que su loba estaba en la superficie, disfrutando de la caza. Se veía impecable, incluso en medio del bosque, con su vestido rojo destacando como una herida de sangre contra la maleza.

—Vete, Roseanne —dije, tratando de que mi voz no temblara—. Ya tienes lo que querías. Tienes al Alfa. Tienes la manada. Déjame en paz.

Roseanne se acercó lentamente, con la gracia depredadora de quien sabe que su presa no tiene escapatoria.

—Oh, Evie. Siempre fuiste tan ingenua. ¿De verdad crees que Lysander te dejará vivir sabiendo que eres un recordatorio de que el destino se equivocó con él? Eres una mancha en su historial. Mientras estés viva, siempre habrá alguien que recuerde que el gran Alfa rechazó a su verdadera compañera por conveniencia.

—Él no me mandó a buscar —afirmé, aunque una duda dolorosa me atravesó.

—No necesitó hacerlo —Roseanne sonrió, mostrando sus colmillos alargados—. Yo me encargo de limpiar sus problemas. Y tú, querida, eres el problema más grande que tenemos.

En un movimiento relampagueante, Roseanne me tomó por el cuello y me estampó contra el árbol. El golpe me sacó el aire y el dolor en mi espalda fue cegador. Sus dedos se enterraron en mi piel, apretando con una fuerza sobrehumana.

—Mírate —escupió ella con asco—. Ni siquiera puedes defenderte. No tienes loba, no tienes poder, no tienes nada. Lysander nunca te amó; solo sintió ese impulso biológico barato que llaman vínculo. Pero yo... yo le daré guerreros. Le daré hijos que hereden su fuerza, no debiluchos que tengan que esconderse tras las faldas de una humana.

El pánico me invadió, pero no por mi vida, sino por la que crecía dentro de mí. Si Roseanne sospechaba por un segundo que yo llevaba la semilla de Lysander, me destriparía allí mismo.

—Mátame entonces —desafié, reuniendo el poco valor que me quedaba—. Hazlo y vive el resto de tu vida sabiendo que eres la segunda opción. Que siempre que lo mires a los ojos, verás el hueco que yo dejé. Porque el vínculo no se olvida, Roseanne. Se arrastra como una cicatriz.

Roseanne gruñó, un sonido animal que vibró en su pecho. Levantó la mano, lista para desgarrarme la garganta, cuando un aullido lejano y poderoso hizo que se detuviera. Era el aullido de Lysander. Estaba llamando a la manada, reclamando su lugar tras la ceremonia.

La distracción fue suficiente. Clavé mis uñas en sus muñecas y le di una patada en la rodilla con todas mis fuerzas. Ella me soltó, más por sorpresa que por dolor, y salí corriendo hacia el barranco que marcaba el límite de las tierras de Blood-Crag.

—¡Corre, rata! —gritó ella a mis espaldas, sin seguirme—. ¡Cruza la frontera! ¡Si vuelves a pisar este territorio, yo misma me encargaré de que tu muerte sea lenta! ¡Para el mundo, Evie de la Manada Blood-Crag ha muerto hoy!

Llegué al borde del precipicio. Abajo, el río Rugiente bramaba con la fuerza de las lluvias de otoño. Era una caída peligrosa, pero era mi única salida. Si cruzaba el río, saldría de la jurisdicción de la manada. Sería una "rogue", una loba sin hogar, pero sería libre.

Me detuve un instante, mirando hacia atrás, hacia las luces lejanas del salón ceremonial donde la música aún resonaba. Imaginé a Lysander brindando con mi hermana, ignorando que su mundo estaba a punto de fracturarse.

—Adiós, Lysander —susurré, y por primera vez, las lágrimas corrieron libres—. Espero que tu trono sea lo suficientemente cálido para compensar el frío que me dejaste.

Sin pensarlo más, me lancé al vacío.

El impacto con el agua helada fue como chocar contra una pared de ladrillos. El río me tragó de inmediato, arrastrándome con una furia implacable. Luché por salir a la superficie, golpeándome contra rocas y troncos. El frío era tan intenso que mis músculos empezaron a entumecerse. Sentí que el agua se metía en mis pulmones y, por un momento, la tentación de dejarme ir fue casi irresistible.

“Déjate llevar... ya no habrá más dolor”, decía una voz en mi mente.

Pero entonces, una chispa de calor estalló en mi vientre. Un calor abrasador, extraño, que no pertenecía a mi cuerpo humano. Era una presencia pequeña pero feroz. El instinto de supervivencia de mis hijos se activó, enviando una descarga de adrenalina a mi corazón.

Saqué la cabeza del agua y agarré una rama que colgaba sobre el río. Con un esfuerzo sobrehumano, me arrastré hacia la orilla opuesta. Caí sobre la arena mojada, temblando violentamente, escupiendo agua y lodo.

Estaba fuera. Estaba en las Tierras de Nadie.

Me puse en posición fetal, tratando de generar algo de calor. En medio de mi agonía, cerré los ojos y, en la oscuridad de mi mente, vi algo que me dejó paralizada. No era la loba gris común que todos esperaban de mí. Vi una sombra blanca, inmensa, con ojos de un azul eléctrico, durmiendo en lo más profundo de mi conciencia.

—Ella está ahí —balbuceé, dándome cuenta de la verdad—. Mi loba no estaba dormida... estaba esperando.

Esperando a que el vínculo con el hombre equivocado se rompiera. Esperando a que el dolor me transformara.

Me obligué a levantarme. Mis pies sangraban y mi ropa era apenas un montón de harapos, pero mi mirada había cambiado. Ya no era la Evie sumisa que bajaba la cabeza ante su hermana o suspiraba por el Alfa.

Caminé hacia la espesura del bosque desconocido, dejando atrás mi pasado, mi nombre y mi dolor. No sabía a dónde iría, ni cómo sobreviviría, pero sabía dos cosas con absoluta certeza:

Primero, que Félix y Cyra (los nombres que ya sentía en mi alma para esos dos latidos) nacerían en libertad.

Y segundo, que el día que regresara a Blood-Crag, no lo haría para pedir perdón, sino para ver cómo el imperio de Lysander se desmoronaba ante la verdadera Luna que él tuvo la estupidez de rechazar.

La lluvia empezó a caer, borrando mis huellas y mi rastro de olor. Para la manada Blood-Crag, Evie había muerto en el río. Pero en la oscuridad de las Tierras de Nadie, una leyenda acababa de nacer.

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