Mundo ficciónIniciar sesiónPOV EVIE
El silencio que siguió a mis palabras fue tan denso que casi se podía tocar. El viento dejó de silbar entre los pinos y hasta las criaturas del bosque parecieron contener el aliento ante la explosión inminente que se gestaba en el pecho de Lysander. Él no se movía; parecía una estatua de granito tallada por el dolor y la incredulidad. Sus ojos grises, antes fríos y calculadores, ahora oscilaban frenéticamente entre mi rostro y el pequeño Félix, que seguía frente a mí en una postura de combate que le resultaba dolorosamente natural. —¿Tu hijo? —la voz de Lysander salió como un siseo, cargada de una vibración que hacía que el suelo bajo mis pies temblara—. Evie... dime que no es cierto. Dime que no pasaste cinco años escondiendo a mi sangre en este agujero. —Tu sangre no tiene nada que ver con él —respondí, proyectando una calma que no sentía. Mi loba, Silver, estaba erizada en mi interior, lista para saltar ante el menor movimiento de los guerreros que rodeaban al Alfa—. Tú renunciaste a cualquier derecho sobre mi vida y sobre lo que saliera de ella en el momento en que me rechazaste frente a toda la manada. Félix es mío. Solo mío. Lysander dio un paso adelante, ignorando las dagas de plata que yo sostenía con firmeza. Su aroma —ese bosque tormentoso que una vez fue mi refugio— ahora me golpeaba como una amenaza. Sus guerreros hicieron ademán de avanzar, pero él levantó una mano, deteniéndolos con un gesto imperioso. —¡Atrás! —rugió, sin apartar la vista de Félix—. Si alguien toca al cachorro, le arrancaré la cabeza con mis propias manos. Félix no retrocedió. A sus cinco años, el aura que desprendía era la de un futuro Alfa en formación. Sus ojos grises centellearon con un brillo plateado, una señal de que su herencia estaba despertando ante la presencia de un rival poderoso, incluso si ese rival era su propio padre. —No te acerques —gruñó Félix, y el sonido fue tan profundo que los guerreros de Lysander intercambiaron miradas de asombro. Nadie esperaba que un niño humanoide tuviera tal potencia vocal. —Evie, mírame —exigió Lysander, y por primera vez en mi vida, detecté una grieta en su armadura de arrogancia. Había desesperación en su tono—. El niño... tiene mi marca. Puedo sentir su pulso unido al mío. Es un heredero de Blood-Crag. —Es un niño libre, Lysander. Algo que nunca habría sido bajo tu mando y el veneno de Roseanne —sentencié. En ese momento, un movimiento entre las rocas me recordó que Cyra seguía escondida. Tenía que sacarlos de aquí antes de que el instinto de posesión de Lysander se convirtiera en una jaula—. Vete. Toma a tus hombres y regresa a tu manada estéril. Déjanos en paz. —¿Que me vaya? —Lysander soltó una carcajada amarga que se convirtió en un gruñido—. Me pides que abandone a mi hijo después de descubrir que me lo arrebataste. ¿Tienes idea de lo que he pasado estos años? ¿De la oscuridad que ha consumido a la manada porque la Diosa Luna nos dio la espalda? —Te la dio a ti, no a nosotros —repliqué. Justo cuando Lysander iba a responder, un aullido agudo y discordante rasgó la noche. No era un aullido de Blood-Crag; era el grito de guerra de los Renegados de la Frontera, mercenarios que Roseanne solía contratar para sus trabajos sucios. —¡Emboscada! —gritó uno de los guerreros de Lysander. Flechas con punta de plata silbaron desde la oscuridad. Una de ellas impactó en el hombro de un guardia, que cayó al suelo gritando mientras el metal quemaba su carne. Mi instinto se disparó. Agarré a Félix por la nuca y lo empujé hacia la roca donde estaba Cyra. —¡Dentro! ¡Ahora! —le ordené. Lysander se transformó en un parpadeo. Su lobo era una bestia enorme de pelaje negro carbón, un monstruo de puro músculo que medía casi dos metros hasta el hombro. Se lanzó contra los atacantes que emergían de las sombras, destrozando gargantas con una ferocidad ciega. Pero los mercenarios no iban por él. Iban por los niños. —¡Mamá! —el grito de Cyra me hizo girar. Un mercenario alto, con el rostro cubierto por una máscara de cuero, había rodeado la formación rocosa y agarraba a Cyra por el brazo. La niña lloraba, tratando de soltarse, mientras Félix le mordía la pierna al atacante con una fuerza salvaje. —¡Suéltalos! —rugí. No lo pensé. No esperé. El calor que había sentido en el río hace cinco años estalló finalmente en mi pecho. Mi piel ardió, mis huesos se rompieron y se reformaron en segundos. No fue el proceso doloroso y lento de una omega; fue la explosión de una depredadora alfa. En lugar de la loba gris y débil que todos esperaban, una loba de un blanco cegador, con marcas plateadas en el lomo y ojos de un azul eléctrico, emergió de mis restos humanos. Era Silver. La Loba Blanca de las profecías. Me lancé sobre el mercenario antes de que pudiera sacar su cuchillo. Mis mandíbulas se cerraron sobre su brazo, triturando el hueso como si fuera cristal. Lo lancé lejos de mis hijos y me puse sobre ellos, soltando un rugido que hizo que hasta los atacantes más valientes retrocedieran. Lysander, en su forma de lobo negro, se detuvo en medio de la carnicería. Sus ojos grises se fijaron en mi forma blanca. Su loba interior soltó un quejido de sumisión y asombro. Él nunca había visto nada igual. Yo no era una "carga"; era una criatura superior a él en la jerarquía ancestral. La batalla fue breve. Conmigo y Lysander luchando —aunque por razones distintas—, los mercenarios no tuvieron oportunidad. Los que no murieron huyeron hacia la espesura, dejando el aire cargado de olor a sangre y plata. Volví a mi forma humana, jadeando, cubierta solo por los jirones de mi ropa. Lysander también regresó a su forma de hombre, pero no se cubrió. Se quedó allí, desnudo y ensangrentado, mirándome como si fuera la primera vez que me veía. —Una Loba Blanca —susurró, con la voz temblorosa—. Todo este tiempo... estuviste escondiendo un poder que podría haber unificado a todas las manadas. ¿Por qué, Evie? ¿Por qué no te transformaste aquella noche? —Porque necesitaba que me rechazaras por lo que creías que era, para poder convertirme en lo que soy —dije, abrazando a Félix y Cyra, quienes temblaban pero me miraban con adoración—. Y ahora que lo sabes, no cambia nada. —Lo cambia todo —Lysander se acercó, y esta vez no pude evitar que su mano rozara mi mejilla. Su tacto quemaba—. Roseanne envió a esos hombres. Ella sabía que estabas viva. Ella intentó matar a mis herederos. —Ella es tu Luna, Lysander. Tu elección. —Ella no es nada —escupió él con un odio puro—. Mi lobo nunca la marcó. Mi cama ha estado fría durante cinco años porque mi alma te buscaba a ti. No me importa si me odias, Evie. No me importa si me clavas esas dagas de plata en el corazón. No voy a permitir que pases un minuto más fuera de mi protección. —¿Protección? —me reí amargamente—. ¿Como la que me diste en la ceremonia? —Voy a llevarte de vuelta a Blood-Crag —dijo él, y su aura de Alfa se expandió, tratando de doblegar mi voluntad—. No como una paria, sino como la verdadera Luna. Y esos niños... ellos serán presentados como los príncipes de la manada. —No iremos a ninguna parte contigo —reté, dando un paso atrás. Pero entonces, Cyra se tambaleó. Su rostro estaba pálido y sus labios empezaban a ponerse azules. Me di cuenta con horror de que una de las flechas de plata había rozado su pierna durante el forcejeo. El veneno de plata para un cachorro que aún no se ha transformado es mortal en cuestión de horas. —Cyra... —mi voz se quebró. Lysander se arrodilló al instante, examinando la herida con manos expertas. Su rostro se ensombreció. —El veneno está corriendo. Necesita el antídoto de la Flor de Luna, y solo crece en los jardines sagrados de la mansión del Alfa. En Blood-Crag. Miré a mi hija, que se desvanecía en mis brazos, y luego miré a Lysander. Él me tendió la mano, no como un guerrero, sino como un hombre que suplicaba una oportunidad para enmendar lo imperdonable. —Ven conmigo, Evie. Salvemos a nuestra hija. Después, si quieres matarme, te daré el cuchillo yo mismo. Pero por favor... no dejes que ella pague por mis pecados. Odiaba a ese hombre con cada fibra de mi ser. Odiaba el destino que me obligaba a volver al lugar donde mi alma fue destruida. Pero al ver los ojos de Cyra cerrándose, supe que Roseanne había ganado esta batalla: me estaba obligando a entrar en su territorio. —Iré —dije, y mis palabras sonaron como una sentencia de muerte—. Pero júrame por la Diosa Luna, Lysander... que si Roseanne se acerca a mis hijos, no quedará ni un solo hueso de ella para enterrar. Porque ya no soy la niña que rechazaste. Soy la madre de tus herederos, y no tengo piedad. Lysander asintió, una chispa de triunfo y alivio brillando en su mirada tormentosa. —Te lo juro por mi vida, mi Luna. El regreso a Blood-Crag había comenzado. Y esta vez, la mansión del Alfa no iba a recibir a una víctima, sino a una tormenta blanca que iba a reclamar todo lo que le fue robado.






